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Capítulo 62:
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—Ese collar es para ocasiones formales. Si alguna vez lo necesitas, ven a buscarlo —dijo, devolviendo la caja al cajón como si no fuera gran cosa.
Katherine no respondió. Simplemente se dio la vuelta y se alejó.
Afuera, la lluvia no había amainado. Un viento frío barría la calle. Julian se quitó en silencio la chaqueta del traje y se la colocó sobre los hombros, y luego la llevó a su coche.
Últimamente, la agenda de Katherine se había vuelto aún más apretada. Llevaba años compaginando varios trabajos —diseño, actuaciones de piano y traducciones— sin dejar de formarse y sin permitirse nunca quedarse atrás.
A pesar del caos que suponía su inminente divorcio, había rechazado educadamente la mayoría de las peticiones de sus antiguos clientes. Pero hacía solo unos días, había recibido una llamada directamente de Lila Grant, una conocida socialité, invitándola personalmente a tocar en un exclusivo evento privado.
Para no ofender a alguien del estatus de Lila, Katherine había aceptado y había empezado a practicar en serio cada vez que tenía un momento libre.
Apenas unos días antes del evento, Lila había vuelto a llamar para pedirle que se reunieran. Katherine había dado por hecho que sería para preparar la actuación, pero, en cambio, Lila tenía otra cosa en mente: elegir un vestido para ella.
Los Grant eran una potencia en el mundo del oro y la joyería de alta gama, y Lila —la más joven de la familia— era conocida por vivir a lo grande y amar con intensidad. Mimada y dramática, tenía un don para los grandes gestos. Hace solo unos meses, causó un gran revuelo al comprar el contrato de un acompañante masculino de un club nocturno exclusivo. Ahora, las dos celebraban su extravagante romance de cien días con una fiesta fastuosa en la que no se escatimaban gastos.
Katherine sabía que Lila era generosa, pero como esposa de Julian, prefería mantener un perfil bajo. Con una sonrisa cortés, se negó.
Pero Lila ya había elegido uno.
Levantando la barbilla con orgullo, Lila dijo: «Es mi centésimo aniversario y quiero que todo el mundo esté espectacular. No se preocupe, Sra. Clarke, invito yo».
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Katherine no pudo evitar sonreír. Todos los rumores eran ciertos. Lila estaba locamente enamorada. No solo estaba derrochando en su novio, sino que estaba planificando personalmente cada detalle del evento.
Una pequeña oleada de envidia recorrió a Katherine.
Lila parecía tenerlo todo: una familia que la adoraba, un novio loco por ella y la libertad de disfrutar de su juventud sin preocupaciones. Al cruzar su mirada con la de Katherine, Lila le guiñó un ojo en tono juguetón. «¿Qué pasa? ¿Soy tan guapa que no puedes dejar de mirarme?».
Katherine se rió y asintió. «Eres realmente adorable».
Lila se iluminó, aunque debía de haber oído ese tipo de elogios mil veces. Una vez elegido el vestido, se llevó a Katherine de compras.
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