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Capítulo 409:
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Su versión del afecto comenzaba y terminaba en la cama. Fuera de eso, los sentimientos de ella no significaban nada para él. Nunca se trataba de amor, solo de salir ganando.
No era el hombre que ella recordaba.
Por muchas excusas que intentara poner, la verdad estaba ahí, ante ella. Cerró los ojos para evitar el dolor. «No queda nada entre nosotros», susurró.
Julian permaneció en su despacho todo el día.
Desde el momento en que había visto aquel informe médico esa misma mañana, no había logrado nada que valiera la pena. Aparte de una breve parada en el bufete de Katherine, todo su día había sido una neblina de horas perdidas.
Había caído la tarde. A estas alturas, debería haber estado en casa, compartiendo una cena tranquila con ella o terminando el trabajo en la misma mesa.
Pero todo se había desmoronado: de repente, por completo.
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Intentó borrarla de su mente, pero ella persistía en el borde de cada pensamiento.
La puerta se abrió con un crujido.
Entró una mujer, con su vestido blanco difuminándose en la penumbra, y cruzó la habitación. Le posó una mano delicada en el hombro.
«Cayson me ha dicho que no has comido en todo el día», dijo con voz cálida.
«Déjame quedarme contigo, Julian. »
Julian cerró los ojos, con el rostro indescifrable en el tenue resplandor.
Louisa lo observó de cerca, buscando alguna señal en su rostro. Pero a medida que el silencio se prolongaba, su paciencia se agotaba. Su mano se deslizó hacia abajo, rozando ligeramente su muñeca.
Julian le agarró la mano de inmediato, apretando con fuerza sus dedos.
Una sacudida recorrió el pecho de Louisa.
No recordaba la última vez que había estado tan cerca de Julian.
Acababa de salir de un enfrentamiento con Katherine: su estado de ánimo era impredecible, sus instintos, crudos y descontrolados. Con la oficina tan silenciosa, tan desierta a esa hora, no podía haber un escenario mejor. Los dedos de Julian se cerraron sin apretar alrededor de los de ella, inmóviles. Su pulso se aceleró mientras reunía valor, dando un paso adelante para acomodarse en su regazo.
Él levantó la cabeza lentamente, con la mirada distante e indescifrable, recorriendo su cuerpo con la vista.
No fue hasta ese momento cuando Louisa se dio cuenta de verdad: su rostro estaba esculpido en hielo, su expresión carecía de calidez.
Aun así, no sintió miedo. Reconoció de dónde venía la tormenta: de Katherine.
Esa fisura era su oportunidad. Si alguna vez había una posibilidad de introducirse en su vida, dependía de lo que viniera a continuación.
Enroscando los brazos alrededor de su cuello, murmuró: «Apenas has comido. Estoy realmente preocupada».
Había elegido cuidadosamente su aspecto: tonos suaves, un aura gentil, un aroma diseñado para perdurar.
Momentos como estos solían desarmar a los hombres.
Sin embargo, Julian permaneció impasible. Ni siquiera cuando su mano rozó su cintura se encendió nada: ni chispa, ni calor, ni siquiera un destello.
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