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Capítulo 303:
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Katherine permaneció atónita por un momento, incapaz de procesar sus emociones contradictorias. Se quedó inmóvil, clavada en su silla.
En cuestión de minutos, el trámite del divorcio había concluido.
El certificado de divorcio descansaba en su palma: físicamente ingrávido, pero emocionalmente aplastante.
En aquel día de sol radiante, ella y Julian estaban oficialmente divorciados.
De pie en la entrada del juzgado, Katherine debería haber felicitado a Julian.
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Sin embargo, al mirarle a la cara, las palabras se le atascaron en la garganta. Le aterrorizaba aún más que él se diera cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas. Bajando la cabeza, guardó apresuradamente sus documentos y murmuró unas palabras de cortesía. «Le prometí a Andrea que volvería para la cena de despedida. Hablemos esta noche».
Últimamente, inventaba innumerables excusas para sumergirse en sus nuevas empresas.
Julian permaneció clavado en el sitio, observando su apresurada retirada.
A sus espaldas, llegaban desde el vestíbulo discusiones amortiguadas y sollozos, donde las parejas acudían a formalizar sus divorcios, a veces entre lágrimas y enfrentamientos, dispersando sus pensamientos como hojas de otoño.
Una vez que la silueta de Katherine desapareció de su vista, Julian apartó la mirada, solo para quedar cautivado por una escena que se desarrollaba cerca.
Al otro lado de la calle, una joven pareja se estaba comprometiendo a la entrada del Ayuntamiento. La chica, con la mano cubriéndose la boca, lloraba mientras extendía los dedos para recibir el anillo. Los espectadores aplaudían y vitoreaban, mientras su rostro sonrojado irradiaba la inocencia inmaculada del amor juvenil.
Julian siempre había considerado el amor un concepto irónico. Creía que no era más que una oleada transitoria de hormonas. Cuanto más dulce era la emoción inicial, más pesado se volvía cuando la novedad se desvanecía.
Pero en ese momento, se encontró cuestionando su cinismo. ¿Por qué debe el amor verse limitado por los límites del tiempo? ¿Por qué algo debe poseer un valor medible para que se considere que vale la pena?
Pensemos en Katherine. Lo único que ella había anhelado era una simple respuesta. Independientemente de lo que él le ofreciera, ella lo habría atesorado. Pero él no le había dado nada.
En última instancia, ¿no era simplemente una súplica de afecto? ¿Tan grave podía ser eso, como para hacerle albergar resentimiento hacia ella durante tanto tiempo? Más desconcertante era la imagen de ella llorando en soledad durante el viaje de vuelta a casa. Le oprimía el pecho, como si le robara el aliento.
Julian se presionó las sienes con las yemas de los dedos, intentando aliviar la incomodidad. Al no encontrar alivio, encendió un cigarrillo, dejando que la nicotina entumeciera temporalmente sus sentidos.
Cuando el cigarrillo se redujo a cenizas, arrancó el coche y se dirigió a la oficina.
El divorcio era definitivo. No había vuelta atrás. Si tenía energía para darle vueltas al asunto, más valía canalizarla en el trabajo.
Su escritorio ya crujía bajo montones de documentos urgentes.
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