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Capítulo 288:
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La intensidad era insoportable, lo que lo devolvió bruscamente a la conciencia.
Al otro lado del pasillo, Julian ayudaba a los paramédicos a trasladar con cuidado a Marvin a la camilla.
Inconsciente y gravemente herido, Marvin había recibido un golpe en la cabeza y tenía lesiones en la espalda.
Sin embargo, según el médico de guardia, Marvin había tenido suerte: su complexión robusta había protegido sus órganos vitales, lo que hacía que la situación fuera grave, pero tratable.
Justo antes de subir a la ambulancia, Cecilia agarró con urgencia el brazo de Julian. «Señor Nash, mi hijo es Henry Cole. Su mujer y sus hijos viven cerca. Se lo ruego, por favor, no deje que se enteren del accidente de esta noche. No podrían soportar la preocupación. Por favor, mantenga esto en secreto».
Julian la tranquilizó con calma: «No se preocupe. He visto a Henry varias veces. Aunque esto se filtre, me aseguraré de que no se difunda».
Aliviada, pero emocionada, Cecilia parpadeó rápidamente, conteniendo las lágrimas mientras se alejaba apresuradamente.
Katherine, sentada entre los escombros, permaneció atónita, con la mente reviviendo el caos traumático que acababa de presenciar. Con casi todo el mundo fuera, el silencio se volvió abrumadoramente opresivo. Poco a poco, sus propias heridas comenzaron a hacerse notar, devolviéndola dolorosamente a la realidad.
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Intentar levantarse resultó imposible; sus fuerzas se habían agotado. Buscando el equilibrio de forma instintiva, extendió la mano y la presionó contra el suelo, pero se retiró al instante cuando un trozo de cristal le atravesó la palma, haciéndola silbar suavemente de dolor.
Julian se detuvo a mitad de limpiarse la sangre de las manos y se giró bruscamente al oír el sonido amortiguado.
Al darse cuenta de que ella luchaba por levantarse, Julian frunció el ceño. Cruzó la habitación sin dudar.
Volver a verlo hizo que todo volviera a la mente de Katherine: el caos del rescate, la calma de su voz y la forma en que su presencia la había hecho sentir protegida.
Julian la examinó de pies a cabeza. No solo tenía heridas en las manos; su vestido estaba rasgado, había sangre por todas partes y era imposible saber de quién era.
Sin dudarlo, se arrodilló a su lado y le levantó el dobladillo del vestido. Una sola mirada a sus rodillas lo confirmó. Estaban destrozadas: la carne desgarrada, la sangre brotando, y la visión era difícil de soportar.
Ella se lo había hecho. Todo eso… porque se había lanzado a salvar a Ernest.
Una expresión sombría se dibujó en su rostro. —¿De verdad no te das cuenta de lo destrozadas que tienes las piernas?
Katherine palideció. Lo había notado, por supuesto. Pero el dolor agudo no se había hecho sentir hasta ese momento.
No tenía sentido discutir con Julian. Extendió la mano hacia el cristal clavado en su carne, con la intención de sacarlo, pero la mano de Julian se adelantó y la detuvo.
La voz de Julian sonó severa mientras la reprendía: «Basta. ¿Estás intentando infectar esas heridas y empeorar las cosas?»
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