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Capítulo 202:
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«¿Me estás tomando el pelo?», estalló ella, nerviosa y furiosa.
Él arqueó una ceja, claramente divertido por su reacción. «¿Qué? Te lo dije, te estaba ayudando con el cuello».
« «Entonces, ¿por qué me hiciste sacar la lengua?», gritó ella, claramente harta.
«Me apetecía jugar un poco», respondió él encogiéndose de hombros, sin mostrar ni una pizca de remordimiento.
Su rostro se sonrojó aún más y apretó los puños con frustración. Lo miró con ira, aunque sabía que eso no la llevaría a ninguna parte. Julian se limitó a reírse y se bebió el resto del café de un trago.
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Al ver lo relajado que estaba, la ira de Katherine comenzó a enfriarse poco a poco, sustituida por una extraña y silenciosa calma.
Pero entonces la voz de Julian se suavizó, adoptando un tono más íntimo. «Si te besara ahora, no podría parar, y te querría toda. Pero no soy el tipo de hombre que se aprovecharía de alguien que no está bien».
Su confesión la golpeó como una descarga eléctrica, llevando sus pensamientos directamente al dolor que aún sentía.
Julian trazó distraídamente el borde de su taza y luego levantó la vista con una sonrisa burlona. «Ah, y por cierto, esa cosa que te hice probar la otra noche… ¿dirías que era dulce o salada?».
Katherine parpadeó, tomada por sorpresa. «¿Qué cosa?».
Él no respondió de inmediato y se limitó a seguir mirándola con esa leve sonrisa y un brillo travieso en los ojos.
Su mente se agitó, tratando de averiguar a qué se refería, hasta que lo entendió. Recordó que un día él estaba hojeando una revista, riéndose de un artículo que afirmaba que la piña podía afectar al sabor de ciertos fluidos corporales.
Esa noche, tras su segunda ronda, se tocó con el dedo lo que acababa de eyacular y se lo llevó a los labios, observando su reacción.
En aquel momento, ella estaba demasiado aturdida como para protestar o siquiera reaccionar. Pero ahora, al volver el recuerdo de golpe, una mezcla de sorpresa y vergüenza la inundó. Sin pensárselo dos veces, le dio una patada.
Julian casi nunca llegaba tarde. Pero hoy, cuando por fin entró en la sala de conferencias, la reunión ya había comenzado. Los altos ejecutivos estaban sentados con sus informes cuidadosamente extendidos ante ellos, ya inmersos en el debate.
Trataron varios asuntos, pero la mayor preocupación seguía girando en torno al proyecto de Louisa.
—La Sra. Wright se ha puesto en contacto —informó uno de ellos—. Dijo que se encargaría de ello, aceptando cenar con el socio. Eso debería suavizar las cosas.
Julian echó un vistazo al perfil del socio, y su expresión se enfrió. «¿Fue idea suya, o lo sugirió el socio?».
La sala quedó en silencio mientras todos intercambiaban miradas inquietas.
El rostro de Julian se tensó y, instintivamente, se aclaró la garganta.
Fue entonces cuando Cayson, siempre el primero en hablar, preguntó con cautela: «Señor, ¿le pasa algo a su voz?».
No sonaba normal. Ni por asomo.
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