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Capítulo 200:
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Mirando el líquido oscuro de su taza, Julian mantuvo una expresión neutra.
«Entonces, ¿qué estás bebiendo?».
«Zumo de naranja sin azúcar».
Genial. Al instante se arrepintió de haber abierto la boca.
No era ningún secreto que ella podía estar enfadada. Pasarse una noche fuera de casa le iba a valer su resentimiento. Últimamente tenía ese aire. Como si pudiera salir por la puerta cuando quisiera, sin pensárselo dos veces.
En cuanto Julian vio el zumo, se le ensombreció el humor. «No me gustan las naranjas. No quiero volver a verlas».
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«Creía que solo odiabas las mandarinas».
«Para mí son básicamente lo mismo».
Katherine dejó pasar el tema, pero la ama de llaves no pudo contenerse. Intervino con tono alegre: «Entendido, señor. Solo para que lo sepa: la señora Nash se quedó despierta toda la noche. Incluso se quedó dormida en el escritorio y se hizo daño en el cuello. Aun así, le ha exprimido ese zumo fresco esta mañana».
Las cejas de Julian se crisparon, apenas perceptible. Volvió a mirar a Katherine. Ella no delató nada. Su rostro era indescifrable, como si nada de aquello importara.
Impulsado por algo que no sabía nombrar —modales, culpa o ambas cosas—, levantó el vaso y dio un sorbo.
En cuanto el zumo le tocó la lengua, su expresión cambió. La miró entrecerrando los ojos y preguntó: «¿Qué has dicho que era esto?».
Katherine respondió: «Es zumo de mandarina».
Julian cerró los ojos por un momento, como si intentara encontrar la paciencia enterrada en lo más profundo de su alma.
Intentando suavizar la incomodidad, la ama de llaves intervino: «Vaya, ¿zumo de mandarina? Es fácil confundirlos, son casi iguales. La señora Nash probablemente no lo hizo a propósito. ¿Preferiría una taza de café en su lugar, señor?»
Julian no respondió. Se bebió el zumo de un solo trago, sin apartar la mirada de Katherine. «¿Ya estás contenta?»
El sabor le golpeó como un puñetazo: ácido, picante e implacable. Le arañó la garganta, dejando su voz más áspera de lo habitual. Esa ronquera transmitía un calor involuntario.
El efecto fue evidente para Katherine. Su cuerpo se quedó inmóvil y, tras un momento, se mordió el labio y apartó la mirada.
Con su agenda repleta tras el viaje, Julian no podía permitirse el lujo de quedarse. Mientras se preparaba para salir, Katherine le preparó en silencio una taza de café y se la entregó.
Julian se dio cuenta de que se había calmado, así que le preguntó: «¿Te sientes mejor ahí abajo?».
Tomada por sorpresa, parpadeó, sin esperar que él sacara el tema tan directamente. Un rubor se extendió por su rostro.
No fue solo la larga noche de espera lo que desencadenó su mezquina venganza. Lo que realmente perduraba era el recuerdo de aquella noche: su negativa a contenerse. Ella le había suplicado una y otra vez, pero él no paraba.
«Bebe tu café y vete. Yo también tengo cosas que hacer», murmuró ella, con la mirada fija en el suelo.
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