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Capítulo 9:
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La verdad, cuando finalmente llega, no aparece como un rayo. Se filtra despacio, como agua por una grieta en los cimientos, hasta que de pronto te das cuenta de que toda la estructura se está pudriendo por dentro.
Me senté en esa cafetería con el sobre de Trevor abierto sobre la mesa, y página por página, mi matrimonio se disolvió en tinta y papel.
San Valentín, primer año de universidad: la primera declaración pública de Nathan, con rosas incluidas y una multitud de amigos echando porras. La foto mostraba a Meredith riéndose, con la mano presionada contra su pecho en fingida sorpresa, mientras Nathan se arrodillaba frente a ella como un suplicante ante un altar.
El campeonato de basquetbol, segundo año: Meredith corriendo a la cancha después del silbatazo final, lanzándose a sus brazos, sus compañeros de equipo gritando y aullando a su alrededor. Al fondo, una manta decía CALLOWAY #14.
Su baile formal de último año: atuendos a juego, sonrisas a juego, futuros a juego extendiéndose frente a ellos como una alfombra roja.
Y luego —la página que me detuvo el corazón— una captura de pantalla de una conversación de texto fechada la noche antes de nuestra boda:
Ella: Me caso mañana.
Él: Lo sé.
Ella: Desearía que fueras tú.
Él: Debí haber sido yo.
Debajo, otro mensaje, enviado tres horas después:
Él: Le voy a proponer matrimonio a Vivian esta noche.
Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas, salpicando sobre las palabras impresas, corriendo la tinta. Diez años de amistad. Diez años de creer que era especial para él. Diez años de construir una vida sobre cimientos de mentiras.
No se casó conmigo porque me amaba.
Se casó conmigo porque ella se casó con otro primero, y cualquier cuerpo tibio servía para llenar el vacío.
Trevor deslizó una servilleta por la mesa. “Lo siento. Debí haberte dicho antes. Solo que…” Negó con la cabeza. “Es mi amigo. Era mi amigo. Ya no sé”.
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Me limpié los ojos con el dorso de la mano. El rímel que me había puesto esa mañana —en un breve y tonto momento de querer verme presentable— salió en manchones oscuros. Debí haberme visto como un mapache en plena crisis nerviosa.
“Gracias”, dije, y mi voz salió más firme de lo que esperaba. “Por decirme ahora. Por guardar los registros”.
Trevor se levantó, con cara de hombre que acababa de confesarse con un cura y no estaba seguro de si llegaría la absolución. “Lo que sé está ahí. La culpa es de Nathan, no tuya. Nunca tuya”.
Se fue sin voltear atrás, los hombros más ligeros, la conciencia presumiblemente más limpia. Me quedé sola con el sobre, el café que había ordenado enfriándose, el peso de la evidencia pesado en mis manos.
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