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Capítulo 25: (FIN)
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Los años después del divorcio se desdibujaron en una mancha gris de cartas de rechazo y llamadas sin contestar.
Intenté encontrar trabajo nuevo. Mi reputación me precedía —busca mi nombre en Google y los videos de Meredith aparecían en la primera página. Los reclutadores dejaron de devolver llamadas. Excolegas fingían no reconocerme.
Terminé en la venta de seguros. Por comisión. Llamadas en frío a desconocidos que colgaban en segundos. El tipo de trabajo del que me habría reído en mi vida anterior.
Meredith, mientras tanto, se negaba a finalizar nuestro divorcio. Impugnaba cada trámite, exigía documentación interminable, estiró el proceso a años de purgatorio legal. No podía volver a casarme. No podía seguir adelante. No podía escapar.
A veces le mandaba mensajes a Vivian. De disculpa. Desesperados. Nunca respondió. Eventualmente, su número dejó de funcionar —lo cambió, probablemente. Me había convertido exactamente en lo que ella dijo que era: irrelevante.
Y entonces un día, en una esquina de Marsten Bay, la vi.
Se veía… increíble. Saludable. Segura de sí misma. Feliz de una forma que nunca vi cuando estábamos casados. Iba a ver a alguien —un novio, dijo— y no podía quedarse a platicar.
“Ya no lo cargo”, me dijo. “Simplemente eres una nota al pie. Alguien que conocí”.
Se fue caminando sin voltear atrás. Y yo me quedé ahí, sosteniendo mi montón de folletos de seguros, y lloré.
No por ella. Ni siquiera por mí, realmente. Lloré porque por fin entendí —de verdad entendí— lo que había perdido. No solo a Vivian, sino la versión de mí mismo que podría haber sido decente. La vida que podría haber tenido si hubiera tomado decisiones diferentes.
A veces pienso en mi padre. Era un buen hombre, por lo que cuentan. Fiel a mi madre. Presente para sus hijos. Murió cuando yo tenía veinte, antes de poder ver en lo que me convertí.
Me pregunto si estaría decepcionado. Me pregunto si siquiera me reconocería.
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El día que me despidieron, vi a Meredith regodeándose afuera de mi edificio de oficinas, y algo encajó en su lugar.
Yo hice esto.
Todo. Cada decisión, cada traición, cada crueldad casual —fueron mías. No podía culpar a Vivian por irse. No podía culpar a Meredith por ser quien siempre fue. No podía culpar a nadie más que al hombre en el espejo.
Tenía exactamente la vida que me había ganado.
Y tendría que encontrar la forma de vivir con eso.
Harper terminó su lectura dramática de la línea de tiempo de Nathan Calloway, los ojos brillantes de alegría vengativa.
“¿Y? ¿No es increíble? ¡Le llegó todo lo que se merecía!”
Le di un sorbo a mi café. Lo pensé.
“No vale la pena celebrarlo”, dije.
Su cara decayó. “Pero…”
“Que él sea miserable no me hace más feliz. No deshace nada. Es solo…” Me encogí de hombros. “Triste, la verdad. Todo el asunto es triste”.
Harper me miró como si le hubiera robado el cumpleaños. Luego sonreí y agregué:
“¿Pero sabes qué sí vale la pena celebrar? Mi ascenso. Y mi aumento. Así que esta noche: centro comercial, yo invito. ¿Le entras?”
Su decepción se esfumó al instante. “¡Obvio que sí!”
Terminamos nuestro café y salimos al sol de la tarde. Detrás de nosotras, Marsten Bay se extendía hacia el mar, hermosa e indiferente. En algún lugar de esa ciudad, Nathan Calloway estaba vendiendo seguros y pagando por sus decisiones.
No le deseaba el bien. Pero tampoco le deseaba el mal.
Simplemente no pensaba en él para nada.
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FIN
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Nota de Tac-K: Lindo fin de semana amadas personitas, hoy hay 3 novelas terminadas para disfrutar. Dios les ama y Tac-K les quiere mucho. („• ֊ •„)੭
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