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Capítulo 67:
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«¿Qué te parece?».
Los ojos de Daniela se posaron en el hombre que estaba frente a ella. Sus rasgos cincelados y su presencia imponente irradiaban confianza y fuerza. Pero en sus ojos había una suave vacilación, casi una fragilidad, como si se estuviera preparando para el rechazo.
Daniela le dedicó una sonrisa suave y tranquilizadora.
«No tienes por qué hacer eso». Solo habían pasado tres meses desde su divorcio y se había centrado firmemente en sus propias prioridades. Si hubiera sido otra persona, probablemente lo habría rechazado sin pensárselo dos veces. Pero se trataba de Cedric, su antiguo compañero de clase, el que siempre había estado ahí para ella con un apoyo tranquilo e inquebrantable. ¿Cómo podía atreverse a herirle?
—Lillian ya ha dicho que tiene a alguien en mente. Ahora voy arriba.
Tú vete a casa. Conduce con cuidado, ¿vale?
El rechazo como adulto no siempre necesitaba ser expresado. Vivía en los intercambios sutiles, en el silencio donde las palabras no necesitaban llenar el espacio.
Daniela estaba segura de que Cedric había entendido el mensaje.
Cedric se preparó contra el viento cortante, entrecerrando los ojos mientras cada ráfaga azotaba su rostro. Observó a Daniela avanzar con gracia hacia la Torre Luxor, con su largo vestido ondeando a su lado. El fuerte viento esculpía su figura en una imagen de frágil elegancia, aislada contra el telón de fondo urbano.
En ese momento, un agudo dolor de incomodidad se apoderó del corazón de Cedric, un repentino e innegable dolor que exigía su atención.
Sacó el teléfono del bolsillo y marcó un número apresuradamente.
«Ryan, soy Cedric. Te necesito aquí».
Ryan, que había estado inmerso en sus esfuerzos por revisar el sistema de seguridad del edificio y había estado privado de sueño durante varios días, bajó pesadamente las escaleras. Vestido con su gastada sudadera con capucha, su aspecto era demacrado bajo la tenue iluminación, sus labios pálidos.
«¿Qué pasa, Cedric?», preguntó Ryan con voz cansada y ronca. Los ojos de Cedric permanecían fijos en el piso 25, iluminados por la luz de la habitación de Daniela.
Al ver la mirada preocupada de Cedric, Ryan sacó una piruleta del bolsillo, la desenvolvió y se la metió en la boca.
—¿No acabas de acompañarla a su habitación? ¿Qué te preocupa ahora?
Cedric respondió: —No está contenta.
Ryan se giró hacia él, con una expresión de confusión.
—¿De verdad?
Para Ryan, comprender las emociones humanas era un rompecabezas sin solución clara, infinitamente complejo.
Apretando los labios con fuerza, Cedric hizo una petición.
—Tengo un ama de llaves que cuida de Daniela. Ayúdame con el arreglo.
Ryan abrió la boca para responder, pero Cedric añadió rápidamente: —Me ha rechazado.
Se le formó un pliegue en la frente.
—¿Por qué?
Cedric respondió: —Me dijo que Lillian se encargaría. Necesito que te cuele en el ordenador de Lillian y te asegures de que se elige a la persona adecuada. Yo me encargaré de todo lo demás.
Cedric imaginó un futuro encuentro con la familia Harper, en el que el ama de llaves no se quedaría allí, llorando e indefensa. El mero pensamiento le provocó una oleada de malestar. Sabía que no encontraría la paz hasta que el asunto estuviera resuelto.
Con un gesto de asentimiento seguro, Ryan respondió: «Entendido. No te preocupes, Cedric. Lo manejaré a la perfección».
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