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Capítulo 653:
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Nina dijo todo esto, pero Cedric permaneció en silencio, con una expresión indescifrable.
Daniela también permaneció en silencio. No sabía qué podría arreglar la situación.
El recuerdo de la confrontación anterior de Cedric resurgió: él siempre había cuestionado sus verdaderas intenciones.
Nina se quedó, con el teléfono en la mano, mientras los tres permanecían en vilo, esperando una resolución. Este drama no podía terminar de repente.
Daniela se agarró a la barandilla de la escalera, con la mirada distante mientras hablaba.
«Depende de ti, Cedric. Si quieres irte, no te detendré». Con esas palabras, Daniela se dio la vuelta y subió las escaleras, retirándose a su habitación.
Una vez dentro, no se sentó. Esperó, con la esperanza de que Cedric subiera. Necesitaba explicarse ante él. Pero no vino.
Más de una hora después, el único sonido que oyó fue el zumbido de un motor de coche arrancando en el exterior.
De pie en el balcón, vio cómo el coche negro desaparecía en la oscuridad.
Después de un momento, Daniela apretó los labios con fuerza y bajó la mirada.
Se dio cuenta de que había herido profundamente a Cedric.
Esa noche, Daniela no pudo dormir. Se sentó despierta en el suelo de madera.
Los viejos hábitos son difíciles de desechar.
Se había acostumbrado a tener a Cedric a su lado por la noche.
Sin él, no se atrevía a meterse en la cama sola. En cambio, se preguntó si revelar su relación sería lo correcto.
¿Eso haría finalmente feliz a Cedric?
¿Acaso despejaría todas sus dudas y temores sobre si ella realmente lo quería en su vida?
Daniela pasó toda la noche dándole vueltas a sus pensamientos. Cuando la luz de la mañana se filtró en la villa, el cansancio nubló su mente.
De repente, una idea impulsiva floreció en su pecho.
Quería gritarle al mundo que Cedric era su marido.
No más secretos, no más esconderse.
No podía esperar ni un segundo más.
Se puso rápidamente ropa limpia, se calzó los zapatos y bajó corriendo las escaleras.
Un poderoso impulso la impulsó: tenía que ver a Cedric ahora mismo. Pero esa oleada de determinación se desvaneció en cuanto llegó al primer piso. Allí vio a Nina y a Natalie.
—Hola, Daniela —la saludó Natalie con un aire de pulida profesionalidad—.
Soy Natalie. Hace tiempo que no nos vemos.
En ese momento, los impulsos de Daniela se vieron atenuados por la razón.
Se detuvo en seco, con la mirada fija en Natalie, cuyos rasgos reflejaban los suyos. Una sutil sonrisa apareció en sus labios.
«Natalie, cuánto tiempo».
Natalie, una licenciada de primer nivel con experiencia internacional, contrastaba con Nina. Irradiaba un aura de confianza y autoridad.
A una edad notablemente joven, Natalie había fundado una empresa que cotizaba en bolsa.
«Daniela, mi madre me ha enviado para ayudarte», dijo Natalie con una sonrisa tranquila y segura.
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