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Capítulo 376:
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Con una risita traviesa, Huntley cogió un trozo de sandía de la bandeja que tenían delante.
—Espera, aún no he terminado. Le propuse a Daniela que si no encuentra a alguien adecuado en el próximo mes, podría darme una oportunidad. No es raro que el amor florezca después de casarse.
Cedric se burló, encontrando la idea ridícula.
Estalló en risas, dispuesto a replicar que Daniela nunca consentiría tal plan.
Casarse con alguien rico era la menor de sus preocupaciones: ya tenía miles de millones a su nombre.
La decisión de casarse era solo suya.
Pero antes de que pudiera expresar sus pensamientos, Huntley, que seguía mordisqueando su sandía, murmuró: «Ella aceptó».
Cedric giró bruscamente la cabeza, con la sonrisa congelada en su rostro de forma incómoda, como si estuviera grabada en su lugar.
«¿Qué acabas de decir?», preguntó, con incredulidad en su voz.
La expresión de Huntley era la viva imagen de la inocencia.
—He dicho que ella estaba de acuerdo.
Cedric se rió entre dientes, y la incredulidad se transformó en diversión.
—Eso es imposible, completamente imposible.
Huntley permaneció en silencio, su atención se centró en disfrutar tranquilamente de su sandía.
A menudo, el silencio servía como un suave empujón para que el otro recuperara la compostura.
La risa de Cedric se desvaneció, incapaz de ocultar su asombro.
Huntley inclinó la cabeza, sus dedos bailando sobre la pantalla de su teléfono.
«Solo estoy enviando un mensaje a mi familia, compartiendo esta buena noticia».
Hizo una pausa en medio de la frase cuando Cedric se levantó de repente, la silla de madera chirriando ruidosamente contra el suelo al empujarla hacia atrás. Huntley se giró justo a tiempo para vislumbrar la figura de Cedric alejándose.
Por un momento, Huntley se quedó atónito, luego una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
En su círculo, si la alegría iba a encontrar un hogar con alguno de ellos, Huntley deseaba que fuera con Cedric.
Daniela estaba probando las capacidades médicas del robot.
Justo cuando estaba monitoreando sus métricas de frecuencia cardíaca y presión arterial, el repentino golpe de Cedric resonó en la habitación suavemente iluminada. Apareció, inusualmente empapado en sudor.
«¿Qué te ha pasado para que parezcas haber corrido un maratón?», preguntó Daniela, al notar su frente sudorosa y al extenderle una toalla de papel.
Cedric miró a Daniela.
Apenas conteniendo su ansiedad, sintió una punzada familiar de desesperación: le recordó el dolor que soportó cuando ella se casó con Alexander. Era casi demasiado para soportar.
Sabía que la vida no le daría una segunda oportunidad.
Si perdía a Daniela ahora, sería una pérdida para la eternidad.
«Daniela, cásate conmigo», espetó.
El dispositivo que Daniela tenía en la mano se le resbaló de los dedos y cayó al suelo al oír su repentina propuesta.
«Tú…» Daniela hizo una pausa, y sus palabras se desvanecieron.
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