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Capítulo 353:
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En su teléfono, Cedric escribió rápidamente una respuesta seca.
«Disculpas, enviado por error».
La respuesta de Daniela llegó casi al instante.
«Ven a mi habitación».
Cedric miró el mensaje, apretando la mandíbula.
Cedric lanzó a Caiden una mirada fría y penetrante.
«¡Mira en lo que me has metido!».
Caiden retrocedió instintivamente, su frustración y resentimiento eran palpables.
Mientras Caiden subía penosamente las escaleras, su mirada se topó con Cedric llamando vacilante a la puerta de Daniela. Cedric parecía inusualmente apagado, como si no estuviera seguro de cuál era su lugar.
Era un marcado contraste con la advertencia autoritaria que había dado en la planta baja momentos antes.
Sin demorarse, Caiden se retiró a su habitación, con la mente llena de inquietud.
Cedric permaneció en la puerta de Daniela, su expresión suavizándose en una sonrisa poco convincente.
«¿Qué pasa?».
Daniela, recién salida de la ducha, irradiaba un encanto natural. Sus largos y húmedos rizos enmarcaban su rostro, cayendo en cascada sobre sus hombros con elegancia natural. Vestida con una impecable ropa de estar por casa blanca, parecía etérea y serena, como si perteneciera a un sueño.
Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la lujosa alfombra, con los dedos hábilmente ocupados en un rompecabezas a medio completar. Con un gesto casual, señaló el espacio frente a ella.
«Siéntate». A pesar de su actitud amable, Cedric no podía quitarse la sensación de que su mirada aguda lo atravesaba, desvelando capas que no había querido mostrar.
Permaneció inmóvil.
«Es tarde. No quiero molestar. ¿Necesitas algo?».
Daniela no respondió de inmediato. Bajó la mirada, y sus dedos recogieron una pieza perdida del rompecabezas del suelo. Con una facilidad práctica, la deslizó en su lugar correcto.
«¿Por qué me transfirió dinero?».
«Ya te lo dije, fue solo un error». Daniela no respondió de inmediato.
Cuanto más se prolongaba el silencio, más crecía la inquietud de Cedric. Su culpa se agitaba, hinchándose hasta convertirse en algo que ya no podía reprimir.
—¿De verdad? —preguntó finalmente Daniela, con voz fría y distante.
Levantó lentamente la vista y lo miró.
—¡S-sí!
—En mitad de la noche, transfirió trescientos millones. ¿Puedo preguntar por qué? Daniela recogió otra pieza del rompecabezas y la encajó sin esfuerzo en el creciente cuadro.
Cedric sintió el sudor resbalando por su espalda. Ahora su ducha anterior le parecía completamente inútil.
No podía explicarlo, pero tenía la honda sospecha de que Daniela ya sabía la verdad.
Su exterior tranquilo no vaciló. Cuando finalmente volvió a levantar la vista, su expresión era amable, carente de juicio, y sin embargo tenía un peso que Cedric no podía ignorar.
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