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Capítulo 332:
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«No tengas miedo», susurró Cedric, con una voz suave y tranquilizadora como una melodía en una cálida noche de verano, llena de promesas.
«Nunca me separaré de ti.
Nunca estarás sola».
Daniela parpadeó lentamente, encontrando su mirada.
Cedric la tranquilizó: «Haz lo que te haga feliz. Persigue lo que te guste. El amor no es crucial. Solo céntrate en tu felicidad y yo me encargaré de todo lo demás».
En el reflejo de los ojos de Cedric, Daniela se vio a sí misma. Parpadeó de nuevo y dijo: «Siento como si te conociera de un pasado lejano».
Cedric le dedicó una tierna sonrisa, reservada solo para ella. Inclinándose, le dio un golpecito en la nariz en broma.
—¿Y esa mirada de desconcierto? No eres tan inteligente como todos creen.
Curiosa, Daniela ladeó la cabeza.
—¿De verdad?
Cedric se rió entre dientes, se enderezó y le despeinó suavemente el pelo. Alexander estaba a unos pasos de distancia, observando su íntimo intercambio con los puños fuertemente apretados.
Internamente, estaba consumido por la rabia y la desesperación, esperando ansiosamente el día en que Cedric se enfrentara a la desgracia y al abandono como él.
Alexander estaba convencido de una cosa: Daniela era incapaz de amar de verdad.
Dando la espalda, se dirigió a Katrina.
—Acepto tu propuesta.
Katrina se quedó visiblemente desconcertada por su abrupto consentimiento.
—¿Qué? —jadeó.
—Tengo una condición —declaró Alexander, con voz tan fría como el hielo.
—¡Lo que sea! —respondió Katrina con entusiasmo, asintiendo.
—¡Consentiré en todo lo que desees!
Katrina supuso que Alexander exigiría una parte de la fortuna de la familia Harper.
En cambio, Alexander, mirando a Daniela que hablaba con Cedric, declaró: —Como prometido de Joyce, es apropiado que me mude pronto, para aclimatarme a la vida matrimonial.
Katrina sonrió al oír la palabra «prometido».
—Por supuesto —asintió alegremente.
El rostro de Alexander permaneció inexpresivo.
—Entonces, por favor, prepara una habitación contigua a la de Cedric. Me mudaré esta noche. Estaba ansioso por presenciar personalmente la ruina de Cedric.
Anhelaba ver si Cedric podía soportar una década de amar a una mujer que era incapaz de corresponderle. Tras declarar sus intenciones, Alexander regresó a casa para recoger sus pertenencias.
Joyce, con el teléfono en la mano, observó su resuelta partida y tiró de la manga de Katrina.
Rebosante de alegría, Katrina exclamó: «Cariño, ¿te has enterado? ¡Alexander ha aceptado casarse contigo!».
La respuesta de Joyce carecía de alegría.
«Pero ni una sola vez me miró cuando me lo propuso».
Su mirada había estado fija en Daniela todo el tiempo.
Katrina se echó un mechón de pelo detrás de la oreja y consoló a Joyce.
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