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Capítulo 227:
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Alexander estaba a punto de protestar, pero Daniela lo interrumpió una vez más.
«Mantengamos al menos un poco de decencia básica. El respeto mutuo es lo mínimo. ¿O debería enseñarte eso también?».
La frustración de Alexander creció. Ni siquiera había empezado a expresarse y ella ya le estaba sermoneando.
—¿Por qué me tratas así? —exigió, con la voz tensa de ira.
—Cedric tiene acceso a la propuesta. ¿Por qué yo no?
El tono de Daniela se mantuvo firme, sin emociones.
—Lo olvidé. —Fue una respuesta desdeñosa, y no ofreció más explicaciones.
Alexander extendió la mano, con voz fría e insistente.
—Dámela ahora. No podía permitirse dejarlo pasar, no con los rumores que ya circulaban a sus espaldas.
Daniela respondió: —No queda ninguna.
A Alexander se le cortó la respiración, su frustración alcanzó un punto de ebullición.
—¡Me estás tomando el pelo, Daniela!
Los labios de Daniela se curvaron en una sutil sonrisa.
«Has pedido participar en la reunión de puja, pero ¿qué te hace pensar que nuestra relación es tal que te trataría de la misma manera que trato a Cedric? ¿Es porque me dijiste que me tratarías bien?».
Su sonrisa desapareció, su rostro se endureció en una expresión fría y distante.
«Somos adultos, Alexander. ¿Es realmente tan fácil irritarte? No es propio de ti».
Se reclinó hacia atrás, con un toque de decepción en su tono.
«La verdad es que pensé que tenías algo de dignidad, algo de orgullo. Si vuelves arrastrándote a mí ahora que he alcanzado el éxito, hará que todo lo que he sentido por ti parezca una broma. Me hará darme cuenta de que incluso tu «amor» se puede comprar con dinero».
Mientras hablaba, su mirada no se apartó de la suya y parecía completamente ajena al disgusto que se reflejaba en su rostro.
—Soy increíblemente rica, Alexander. Tan rica que ni siquiera puedes empezar a imaginarlo. Y cuando tienes tanto de algo, pierde su valor. Si solo hace falta dinero para ganarte, entonces puedes quedártelo. ¿Entiendes?
Dicho esto, volvió a sus papeles, cogió su bolígrafo y reanudó su firma.
Su letra era inmaculada, cada trazo tenía un propósito. Alexander la miró fijamente, con los labios apretados. Después de una pausa pesada y silenciosa, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta.
Justo antes de irse, espetó con amargura: «¡Daniela! ¡Te arrepentirás de esto!».
Nunca había sentido tanta humillación. Cada paso le resultaba más pesado que el anterior.
«Alexander», gritó Daniela de repente.
El corazón de Alexander se ablandó y se volvió, con el rostro todavía nublado por la frustración.
«¿Y ahora qué?».
A lo largo de todo el proceso, mantuvo una fachada de dignidad.
«Mantén esa actitud. Mantén la cabeza bien alta. Y no te olvides de cerrar la puerta al salir».
La breve suavidad en la expresión de Alexander desapareció, reemplazada por un ceño fruncido, áspero y oscuro.
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