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Capítulo 1703:
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Mientras cruzaba la habitación, Brad dejó que su mirada se posara en su vientre redondeado antes de preguntar: «Ya vas por el séptimo mes, ¿no?».
Daniela no se molestó en mirarlo. Su voz era fría y tranquila. «Así es».
Su sonrisa se amplió. «Cedric te cuida mucho. Solo toqué la nevera donde guardas la fruta y él tiró todo lo que había dentro: fruta, verdura, todo».
A Daniela se le escapó un sonido burlón.
Su expresión seguía siendo indescifrable cuando guardaba silencio, pero cuando curvó los labios, había algo feroz en su sonrisa.
«¿Ah, sí? Desde mi punto de vista, parece que alguien le está haciendo la vida imposible a mi marido».
Al oír eso, Brad parpadeó nerviosamente, captando la amenaza que había detrás de su tono.
Ocultó su nerviosismo con una carcajada estruendosa. «Vamos, ¿qué podría perturbar a alguien en su propia casa? Si me preguntas, Cedric es demasiado nervioso para su propio bien. No hay por qué alarmarse, pero una vez conocí a alguien que se preocupaba tanto que le llevó a la depresión, no pudo soportarlo y, al final, se quitó la vida. Si Cedric sigue así…».
Daniela le interrumpió levantando la cabeza y lanzándole una mirada fría y amenazante. La mirada que le dirigió prometía que estaba a punto de coger el cenicero y lanzárselo.
Un atisbo de miedo se deslizó en la voz de Brad cuando preguntó: «¿Por qué me miras así?».
No quedaba ni rastro de sonrisa en el rostro de Daniela.
Sin ella, irradiaba una intensidad que dificultaba la respiración a Brad. Incluso con los gemelos en camino, su ira lo oprimía, lo asfixiaba. Intentó mantenerse firme, pero le temblaban las manos a los lados del cuerpo.
Con la concentración de un depredador, Daniela fijó su mirada en él y declaró: «Esta es mi casa. Cedric es mi marido. No te atrevas a hablar mal de él delante de mí. Si alguna vez cruzas esa línea, no dudaré en romperte el cuello». Un partido de fútbol se jugaba de fondo, llenando la habitación con animados comentarios.
En el momento en que el balón entró en la portería, el rugido del estadio estalló a través de los altavoces.
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Daniela dejó que su fría mirada se desvaneciera por fin, dejando a Brad rígido y en silencio, con un frío que se le metía en las extremidades.
Le llevó un rato aflojar las manos temblorosas y obligar a su mente a volver al orden.
Una sonrisa forzada se dibujó en su rostro. «No hace falta ponerse tan seria. Solo estaba bromeando, ya lo sabes».
Pero Daniela no le prestaba ninguna atención.
Herido por su indiferencia, Brad salió de la habitación, con la vergüenza ardiendo en su pecho.
En el umbral, sus ojos brillaron con una mezcla de furia y orgullo herido. Nunca antes nadie le había hecho sentir tan humillado.
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