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Capítulo 1686:
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La mirada de Hamilton siguió al avión mientras se desvanecía en una delgada línea plateada contra el cielo.
Se desplomó en el asiento del conductor, sin decir nada, observando una oleada de gente que se dirigía hacia el edificio. El lugar parecía tan maltrecho y desplazado como el propio Josh, despojado de su antigua dignidad.
Hamilton agarró el volante y solo entonces se dio cuenta del temblor de sus propias manos.
Después de lo que le pareció una eternidad, buscó su teléfono, moviéndose como si lo tiraran de unos hilos invisibles, y marcó el número de Daniela.
Cuando ella respondió, su voz sonó áspera y hueca. «Daniela, estoy fuera del McCoy Group. ¿Podrías venir a recogerme?». Algo en ello le pareció extraño. En ese instante, los pensamientos de Hamilton se detuvieron en seco, dejando solo un vacío entumecido detrás de sus ojos.
La fortuna que había tardado décadas en construir se desvaneció, y la empresa que había creado con tanto esfuerzo se evaporó de la noche a la mañana. No podía articular palabra.
Echó un vistazo a su abarrotada lista de contactos: viejos amigos, socios comerciales influyentes, tres hermanos menores, cinco hijos (ahora seis), pero en ese momento de ruina, no se atrevió a llamar a ninguno de ellos. El único número que marcaron sus dedos temblorosos fue el de Daniela.
Daniela apareció por su cuenta.
Mientras ella conducía, Hamilton se quedó sentado en silencio, atónito. Apagó el teléfono, demasiado conmocionado para hablar.
Daniela mantuvo toda su atención en la carretera.
Una fuerte ráfaga de viento frío sopló mientras continuaban su camino.
Hamilton giró lentamente la cabeza y fijó la mirada en el tranquilo perfil de Daniela. Tras una larga pausa, habló con voz temblorosa. «Daniela, me han estafado mucho dinero».
Daniela mantuvo la mirada fija en la carretera, esquivando el intenso tráfico. «Hmm», respondió en voz baja.
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Hamilton continuó: «Me he pasado toda la vida trabajando duro y ahora, a esta edad, alguien me ha estafado tanto dinero. No puedo soportarlo».
Era extraño.
Años más tarde, cada vez que Hamilton recordaba aquel día y todo lo que le había dicho a Daniela, sentía vergüenza.
Se había derrumbado delante de su nuera por haber perdido dinero.
Pero en aquel momento, las palabras le salieron sin dudar.
Con Daniela, bajó la guardia. No podía ocultar lo destrozado que se sentía.
Si tenía que abrirse a alguien, sería a Daniela.
Sus hermanos poco fiables, sus cinco hijos que le habían decepcionado e incluso Cedric, con quien no tenía mucha relación, ninguno de ellos le parecía la persona adecuada a la que acudir.
Pero Daniela, su nuera a la que una vez había rechazado, le parecía la única en la que podía confiar en ese momento.
«Daniela…», la voz de Hamilton se quebró al ver su expresión serena, tan tranquila, como si nada pudiera perturbarla. Quizás por eso no pudo contenerse. «Me han estafado. ¡Una cantidad enorme! Era el dinero que había ahorrado para mis nietos».
Hamilton se sentía completamente abrumado.
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