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Capítulo 1488:
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Parpadeó hasta que pudo distinguir sus rasgos. Era Cedric.
—Estás despierta —dijo Cedric en voz baja.
Ella asintió con la cabeza.
—¿Qué hora es?
Cedric le entregó un vaso de agua.
—El día ha terminado.
Daniela lo tomó y se incorporó lentamente.
Sus ojos seguían aturdidos.
Entonces, la voz de Cedric rompió el silencio.
—Has cenado con Hamilton, ¿verdad?
Daniela apretó el vaso con fuerza. No tenía intención de decírselo, sobre todo porque la familia McCoy estaba detrás de la muerte de su madre.
Daniela tenía una cosa muy clara: si Cedric tuviera que elegir entre ella y su familia, la elegiría a ella sin dudarlo.
Pero no quería que él se viera envuelto en esa red. Hamilton no merecía la pena.
Ahora que Cedric lo sabía, Daniela ya no quería ocultárselo.
Respondió con sinceridad: —Sí, he comido con Hamilton. Carol ya te habrá contado todos los detalles, ¿verdad?
Cedric no esperaba que Daniela fuera tan directa hoy. Durante un largo rato, se limitó a observarla, indeciso.
Ella se movió en su asiento, enrollando los dedos alrededor de un vaso de agua.
La suave luz proyectaba una calma gélida sobre su expresión, haciéndola parecer aún más distante.
Un nudo de preocupación se apretó en el pecho de Cedric.
Las preguntas se arremolinaban en su mente, pero ninguna parecía segura de preguntar. Después de una pausa pesada, finalmente dijo: «¿Estás pensando en dejarme?
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Daniela apretó los labios y su silencio alargó el momento.
Cedric sintió un nudo en el pecho y el pulso se le aceleró mientras esperaba, apenas respirando. Estaba seguro de que la promesa de secretos largamente enterrados alejaría a Daniela.
Una sensación de impotencia lo invadió. Bajó la mirada y apretó los puños contra las rodillas hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Rompiendo el pesado silencio, Daniela finalmente habló, con tono tranquilo, casi amable. —Hoy Hamilton me ha contado algo más.
Su sonrisa se suavizó, perdiendo su habitual dureza, y Cedric sintió que la tensión en su pecho se relajaba un poco.
—Me ha dicho que, cuando fuiste a visitarlo la última vez, la princesa Loglil estaba cenando arriba. Ella te vio y quiere casarse contigo. Parece que Hamilton está muy interesado en la idea.
Daniela hizo una pausa y dio un sorbo con cuidado, dejando que el agua fría le calmara la garganta antes de continuar: —Quiere que te divorcies de mí y te cases con ella. Hamilton no deja de hablar de lo ricos que son, y lo he comprobado: tiene razón. Los de su clase no beben en nada que no sea oro. No necesitan mover un dedo en su vida cotidiana: los sirvientes lo hacen todo por ellos. Se pasan los días holgazaneando en extensas fincas, bebiendo vino bajo lámparas de cristal, pasando de una fiesta a otra».
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