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Capítulo 1402:
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Las risas se extendieron por todo el salón, elevándose en oleadas. Incluso el personal de la subasta intercambió miradas de desconcierto ante la audacia de Daniela.
Finalmente, uno de los organizadores dio un paso al frente y ofreció una explicación rígida. «Al Sr. McCoy nunca se le ha pedido que verifique sus finanzas».
«¿Es eso cierto?», preguntó Daniela volviéndose hacia Hamilton. «¿A esto le llamamos trato especial? No me parece muy justo, ¿verdad?».
Aún sentado como un rey, Hamilton no se molestó en responder al comentario. Con un pequeño movimiento de los dedos, llamó a los organizadores y su secretaria se levantó, ya preparada con la documentación. Mientras tanto, los susurros a sus espaldas solo se hicieron más fuertes, alimentados por la burla y la incredulidad.
Una vez que la secretaria proporcionó la documentación de los activos de Hamilton, los organizadores le mostraron aún más respeto. Luego, el personal se acercó a Daniela, comportándose con aire indiferente.
De su bolso, sacó una sola tarjeta bancaria y la pasó con una leve sonrisa. «Adelante».
Los suspiros volvieron a llenar la sala, seguidos de otra ronda de risas apenas contenidas.
«¿De verdad Daniela no conoce las reglas o es que está rebosante de confianza?».
«¿Una sola tarjeta bancaria? ¿De verdad cree que eso es suficiente? O no tiene ni idea de las reglas o cree que su cuenta corriente personal es comparable a la caja fuerte del Grupo McCoy».
Una verificación de este nivel requería un resumen completo: activos a su nombre, liquidez, propiedades, todo. En cambio, Daniela solo entregó una tarjeta.
El empleado ni siquiera pudo ocultar su sonrisa burlona. Con desdén, la tomó con dos dedos, como si fuera algo indigno de él. «Muy bien. Vamos a comprobarlo y ver qué hay».
Se dirigió hacia la máquina, pasó la tarjeta y se volvió para mirar la pantalla.
Durante un instante, nadie respiró. Todos los ojos estaban fijos en el hombre que se esperaba que estallara en carcajadas.
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Pero esa reacción nunca se produjo.
En cambio, el empleado se quedó paralizado, con la mirada clavada en la pantalla, completamente mudo.
El empleado se quedó paralizado, incrédulo. Incluso Hamilton, normalmente sereno e imperturbable, se volvió sorprendido.
Un momento antes, el empleado había apartado a Daniela sin mirarla dos veces. Ahora, con una sonrisa ensayada, le devolvió la tarjeta bancaria con ambas manos y una reverencia respetuosa.
Su voz se redujo a un murmullo deferente. —Por favor, guarde bien su tarjeta, señora. Nos enorgullecemos de nuestra discreción: sus activos son absolutamente confidenciales aquí.
Las palabras cayeron como un trueno, dejando a todos atónitos.
La curiosidad se apoderó de la multitud. No pudieron evitar especular sobre la riqueza de Daniela. ¿Qué había exactamente en esa tarjeta que había hecho que un empleado tan experimentado cambiara de opinión tan bruscamente?
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