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Capítulo 1397:
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Con la mandíbula apretada y los ojos en llamas, miró hacia la imponente fachada y murmuró entre dientes: «Daniela, algún día me suplicarás que me quede. De rodillas».
Al otro lado de la calle, detrás de un cristal tintado, Hamilton observaba con expresión indescifrable cómo Alexander hería como un hombre que se desmoronaba. Murmuró: «Qué tonto sin valor».
Recurrir a la violencia para controlar a las mujeres era la marca de un hombre que realmente había perdido todo su valor.
—Alexander podría estar más allá de toda salvación a estas alturas —observó su asistente.
Hamilton no dijo nada, dio una calada profunda a su cigarro y dejó que el humo se enroscara alrededor de su cabeza como una nube tormentosa.
—Nikolas ahora vive bajo el techo de Daniela. Él y Cedric se parecen bastante. Ya que has decidido dejar tu legado a Cedric, ¿por qué no le das una oportunidad a Nikolas? —insistió el asistente.
Hamilton frunció el ceño. —Le daremos tiempo. Quiero ver si Nikolas realmente puede ganarse el corazón de Daniela». La esperanza aún no lo había abandonado por completo.
Nikolas, sin embargo, ya había perdido su chispa. La mayoría de los días se hundía en un sofá, desplazándose sin rumbo por su teléfono, con los ojos vidriosos por el desinterés. Si llegaba la comida, comía. Cuando terminaba el trabajo, volvía a casa en el coche de Carol en silencio.
Esa rutina no era vida, era desmoronarse.
Una tarde aburrida, Nikolas acompañó a Carol a la empresa y se cruzó con Hamilton. Con la cabeza gacha y arrastrando los pies, entró en el edificio como un fantasma, alguien que se ahoga en el fracaso antes incluso de aprender a nadar.
Hamilton no se perdió ni un detalle. La siguiente vez que se vieron, abofeteó a Nikolas con fuerza y lo reprendió por ser un inútil y un fracasado.
Ocurrió a plena luz del día en una calle concurrida y, al caer la noche, el vídeo se había vuelto viral. Por la mañana, el nombre de Nikolas se había convertido en una broma. En todo Oliscoll, la gente susurraba que había sido expulsado de la familia McCoy como si fuera basura que ya no servía.
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Carol intentó dos veces ponerse en contacto con él, pero nada de lo que le dijo logró atravesar su muro. Ya había desconectado del mundo.
Mientras tanto, el lanzamiento de la nueva empresa consumía a Daniela y Cedric. Sus días se confundían entre reuniones, hojas de cálculo y eventos sociales consecutivos.
Nikolas, por su parte, pasaba los días sin hacer nada. Sus responsabilidades eran mínimas: a veces entregaba un documento en otro edificio; otras veces reaparecía con café. Una tarde, Hamilton pasó por allí y lo encontró limpiando el escritorio de Daniela.
Aquella imagen enfureció a Hamilton. Se dio la vuelta y se marchó sin decir palabra. A pesar del arrebato, Nikolas no reaccionó. Esa noche, los titulares de la prensa anunciaban que el Grupo McCoy había emitido un comunicado oficial en el que destituía a Nikolas de su cargo en la junta directiva. Junto a ello, otra bomba: Hamilton había declarado públicamente que Nikolas ya no era su hijo.
Durante varios minutos, Nikolas se quedó mirando fijamente el anuncio que brillaba en su pantalla.
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