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Capítulo 1300:
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«En serio. ¿Cómo podría perder Damon?».
«¿Verdad? ¿Y has visto lo relajada que estaba Daniela? Como si supiera que lo tenía ganado. ¡Seguro que ha hecho trampa!».
Damon se giró hacia el árbitro. «¡Tienes que comprobar sus dados! ¡Los ha trucado!». No le quitaba los ojos de encima. Una parte de él esperaba que los cambiara cuando nadie mirara.
El árbitro, rodeado de miradas sospechosas, cogió los dados y los giró entre sus manos.
Con toda la sala en vilo, finalmente dijo: «Estos dados están limpios». Un murmullo recorrió la multitud.
«¡No puede ser!
«¡Estos dados deben estar trucados!».
«Daniela ni siquiera sabe cómo funciona el juego. ¡No hay posibilidad de que haya ganado limpiamente!».
Damon dio un paso adelante, con los ojos desorbitados. Agarró los dados y los miró como si fueran a confesar. El sudor se le acumuló en la frente.
«¡Hay algo raro en estos dados!», susurró, casi para sí mismo. «Hay algo raro. Lo sé».
Luego levantó la vista, con los ojos muy abiertos, con una nueva idea. «¡Esperad! No es lo que hay fuera. ¡Es lo que hay dentro!».
Apretó los dados con más fuerza y la miró fijamente. «Di la verdad, Daniela. Has manipulado el interior, ¿verdad? ¡Que alguien me traiga un martillo! ¡Voy a desenmascarar a Daniela delante de todos!».
Mientras la multitud se agolpaba para presenciar el espectáculo, alguien salió corriendo, decidido a volver con un martillo.
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Hamilton frunció el ceño, inquieto. Se volvió hacia su secretario.
Joseph asintió rápidamente y bajó las escaleras sin decir palabra.
Damon estaba a punto de romper los dados cuando Joseph levantó la mano bruscamente, deteniéndolo en seco.
Damon miró a Joseph como si le hubieran abofeteado. —Joseph, ¿hablas en serio? Daniela ha hecho trampa y ahora te pones de su parte.
Joseph sabía que tenía que andar con cuidado.
Esbozó una sonrisa despreocupada y dijo a los presentes: «Eh, es solo un pequeño asunto familiar. No es nada grave, ¿de acuerdo? No le demos más importancia. Seguid con la fiesta».
Estaba claro que intentaba calmar los ánimos.
Los espectadores intercambiaron miradas de incertidumbre y, poco a poco, comenzaron a prestar atención a las palabras de Joseph.
José se erigió como la voz y la voluntad de Hamilton.
No había duda: era Hamilton quien, sutilmente, tiraba de las riendas para calmar el caos.
La verdad era evidente: Damon había perdido la apuesta sin lugar a dudas. Sin embargo, mientras los dados permanecieran intactos, la duda seguiría cerniéndose en el aire.
El nombre de Damon estaba grabado en la historia del juego, y su reputación era casi mítica.
No era algo que pudiera barrerse bajo la alfombra.
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