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Capítulo 1103:
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Sus ojos se posaron en el reloj: era más de una de la madrugada.
La sangre se había secado formando manchas oscuras en el traje y la camisa de Cedric, manchando incluso el fino arco de sus cejas.
Daniela se levantó instintivamente, pero antes de que pudiera moverse, Cedric ya había acortado la distancia.
Una cojera en su paso delataba una lesión, pero se movía con urgente determinación.
Antes de que Daniela pudiera articular palabra, fue atraída hacia un firme abrazo.
Daniela se quedó desconcertada. —Cedric, ¿qué ha pasado?
Cedric se mantuvo en silencio, apretándola con más fuerza.
Pegada a su pecho, Daniela podía oír los latidos constantes y potentes de su corazón. Cada latido resonaba en su interior. —Dime, Cedric. ¿Qué pasa? —insistió ella.
En ese momento, Cedric se sentía como una tormenta que apenas podía contener en su cuerpo.
La forma en que la sangre se le pegaba al cuerpo era como si acabara de matar a alguien. Una sensación de inquietud carcomía a Daniela. Dudó y luego le dio unas palmaditas suaves en la espalda. Los latidos irregulares de su corazón, que antes golpeaban con fuerza contra sus costillas, se fueron calmando poco a poco.
—Daniela… —Cedric abrió los labios, pero las palabras se le quedaron en la lengua.
Quería preguntarle: ¿era cierto? ¿Que nunca podría tener hijos?
¿O acaso importaba? Porque, con hijos o sin ellos, ella era la única que quería. Aunque el destino le hubiera arrebatado esa posibilidad, su amor por ella seguía intacto.
Pero las palabras nunca llegaron a salir. La culpa se enroscó en su pecho, ahogando todo lo demás.
Lo único que pudo hacer fue abrazarla, con la voz quebrada por la emoción. —Daniela, eres la única a la que amo. Solo tú. La confusión de Cedric era tan abrumadora que su secretaria tuvo que intervenir e insistirle en que viera a un médico.
Mientras Daniela lo acompañaba escaleras abajo, Carol la interceptó con el teléfono en la mano, mostrándole el rumor más importante de la noche.
Solo entonces encajaron las piezas: alguien había revelado su supuesta incapacidad para tener hijos.
—¿La fuente? —preguntó Carol.
—El Grupo Bennett —le informó Carol.
Daniela soltó una risa fría. —Alexander se ha superado a sí mismo esta vez, qué imprudente. ¿Dónde se esconde?
—Parece que se ha ido al extranjero —respondió Carol.
Los ojos de Daniela se oscurecieron. —En cuanto ponga un pie aquí, quiero saberlo. Él y yo tenemos asuntos pendientes.
Carol soltó una breve carcajada. —¡Entendido!
Esa noche, un tema saltó a lo más alto de la lista de tendencias.
Justo cuando Daniela estaba a punto de quedarse dormida, a las dos de la madrugada, Carol irrumpió en la habitación con el teléfono en la mano. —¡Daniela, tienes que ver esto!
Daniela cogió el teléfono.
El titular mostraba dos rostros muy familiares: su padre y su hermanastra. Uno estaba sentado ante la cámara con los ojos brillantes, mientras que la otra sollozaba teatralmente, como si estuviera haciendo una audición para un papel premiado.
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