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Capítulo 1091:
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Daniela probó un bocado, saboreando el sabor fuerte pero refrescante.
Cedric permaneció en silencio, con una vacilación en los ojos. Temía que hablar perturbara el momento o, peor aún, que Daniela volviera a sacar el tema del divorcio. Así que optó por el silencio y se sentó frente a ella.
Daniela nunca sentía la necesidad de hablar durante las comidas. El silencio le sentaba bien. En cuanto terminó, Cedric recogió y se marchó, sin quedarse ni un segundo más de lo necesario.
Esa noche, volvió, esta vez con guarniciones recién preparadas.
Carol, que observaba desde un lado, no pudo evitar comentar: «Estos platos no solo están bien hechos, son exquisitos. Daniela no come mucho, pero le encanta la variedad. ¿Los has hecho tú o te los ha preparado alguien?».
Mientras Carol hablaba, Cedric captó el sutil destello de la mirada de Daniela en su dirección. Cedric respondió con sinceridad: «Los he hecho yo. Sé cocinar casi de todo».
Cuando Daniela estaba embarazada y luchaba contra las náuseas matutinas, fue Cedric quien la cuidó. Nadie conocía sus preferencias mejor que él.
Daniela, como siempre, comió en silencio.
En cuanto terminó, Cedric recogió y se marchó en silencio.
En cuanto se fue Cedric, la alegría de Carol se desvaneció. «Daniela, ¿es que es muy buen actor? No consigo entenderlo».
Daniela no dijo nada. Simplemente dio un sorbo lento al agua y volvió a su trabajo.
Al día siguiente, Cedric volvió a aparecer. Esta vez, Daniela no tocó la comida. Se recostó en la silla y lo observó con una sonrisa lenta y cómplice. —¿Qué pasa, Cedric? ¿Te has aficionado a hacer de repartidor?
Ese día, la luz del sol inundaba la habitación, dorada y suave, envolviéndolo todo en su delicado calor.
El apuesto hombre se sonrojó, y un intenso color carmesí se extendió desde sus mejillas hasta la punta de las orejas.
—Te escuché —murmuró Cedric, con una voz apenas audible.
Con los brazos cruzados, Daniela lo observó, bañado por la luz del sol, casi irreal. En ese momento, comprendió por qué se había sentido atraída por él en el pasado.
Cedric se mostró inesperadamente tímido cuando ella lo provocó.
—¿A qué te refieres? —Daniela arqueó una ceja. Sabía que se refería a su despreocupado «tsk» en la subasta, pero siguió el juego.
Las largas pestañas de Cedric temblaron bajo la luz del sol, y su vacilación lo hizo parecer casi frágil.
—En la subasta —admitió finalmente, con voz teñida de vergüenza. Quizás sabía que ella fingía no recordar, pero eso no importaba—. No querías que pujara, ¿verdad?
Daniela ladeó la cabeza. —¿Yo?
Mientras sus palabras flotaban en el aire, el rubor de Cedric se intensificó, bajando por su cuello y desapareciendo bajo el cuello de su impecable camisa blanca.
—Sí —respondió con voz suave pero firme, con una claridad tranquila e inquebrantable.
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