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Capítulo 1045:
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Durante un breve instante, Alexander se quedó rígido, como si Cedric le hubiera quitado la máscara. Los ojos de Cedric se entrecerraron ligeramente en ese silencio fugaz.
«Alexander, si alguna vez descubro que has puesto una lápida a mi esposa sin mi permiso y la has mantenido oculta, me encargaré personalmente de que lo pierdas todo, empezando por tu título de hombre más rico del país».
La amenaza en la voz de Cedric era inequívoca, pura y directa. Tan descarada, de hecho, que Alexander se quedó momentáneamente sin palabras.
Solo después de que Cedric se hubiera marchado, Alexander finalmente soltó el aire que había estado conteniendo.
Solo entonces se dio cuenta de que, bajo sus emociones encontradas, se escondía una pizca de miedo. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios mientras observaba la figura de Cedric alejándose, y una maldición se le escapó de los labios. —¡No te regodiarás por mucho tiempo!
Cedric salió del salón de banquetes y se detuvo en la entrada para encender un cigarrillo. Su secretario lo seguía de cerca, pero Cedric ni siquiera le prestó atención. —Vigila de cerca a Alexander. Hay algo en él que no me gusta.
Ese aire de superioridad era el mismo que tenía cuando Daniela se divorció de él, cuando él todavía la perseguía. El secretario asintió. —Sí, señor.
Cedric se metió en el coche, pero este permaneció parado. Su mirada seguía fija en la entrada del banquete.
El secretario dudó antes de hablar con cautela. —Señor, el médico dice que acaba de recuperar la sensibilidad en la pierna. Debería descansar un poco, ya son más de las diez. Haré que alguien se quede aquí vigilando. ¿Por qué no se va? Si pasa algo, le avisaré inmediatamente.
Cedric se quedó inmóvil en el asiento trasero, con la fría mirada fija en la entrada del banquete.
Más de treinta minutos después, Alexander finalmente salió del banquete y se subió a su coche.
La voz de Cedric era baja y firme. «Síganlo».
A mitad del trayecto, Cedric dio otra orden. «Averigüen adónde vuela Alexander».
Un momento después, el secretario respondió: «A Fiarantian».
Cedric frunció el ceño antes de dar la siguiente orden. —Prepara mi jet privado. Salimos hacia Fiarantian en treinta minutos.
El secretario parpadeó, momentáneamente atónito. —La empresa de Alexander ha estado gestionando múltiples acuerdos últimamente, ha estado volando por todas partes. ¿De verdad va a seguir su instinto? Y su pierna…
Cedric permaneció en silencio.
El secretario exhaló un suspiro de resignación.
Desde la muerte de Daniela en el incendio tres años atrás, seguida de la desaparición de Ryan y Lillian, Cedric era una sombra de lo que había sido. Ya no parecía importarle nada, ni la empresa ni siquiera él mismo.
La secretaria a menudo se preguntaba si Cedric habría acabado con todo solo para reunirse con Daniela, si no fuera por su deber hacia su abuela. Su pierna apenas comenzaba a recuperarse, pero él la trataba como si no importara.
¿Cómo podía ser tan imprudente con su propia salud? Si seguía así, se marchitaría lentamente, como las flores abandonadas en un jardín olvidado, dejadas morir por negligencia.
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