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Capítulo 503:
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«¿Quién… quién es?», preguntó, tratando de mantener la voz firme, aunque el temblor la delató.
«Jarrod Doyle», respondió una voz profunda y suave desde el otro lado.
Al oír la voz, los hombros de Celeste se relajaron ligeramente, pero le llevó un momento reconocer el nombre.
«Jarrod Doyle…». Y entonces lo recordó.
El hombre de Sylvia.
Celeste no conocía los detalles de la relación entre Sylvia y Jarrod, solo que…
Sylvia había estado viviendo con él antes de decidir de repente mudarse con ella. Celeste nunca se había atrevido a preguntar si habían roto o si simplemente habían tenido una discusión.
Ahora, la pregunta era: ¿qué debía hacer?
—Señorita Vázquez, ¿podría abrir la puerta? —La voz de Jarrod volvió a atravesar la puerta, suave y serena.
A Celeste siempre le habían atraído las voces, y la suya era especialmente cautivadora. Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, su mano giró el pomo.
Casi como si estuviera bajo un hechizo, abrió la puerta.
—Hola…
La palabra se le atragantó en la garganta en cuanto posó los ojos en él. Se le cortó la respiración y su mente se quedó en blanco por un instante.
Jarrod estaba de pie en la puerta, la tenue luz amarilla perfilando su alta y imponente figura. Sus rasgos eran afilados y simétricos, como esculpidos en mármol; sus ojos profundos, oscuros e indescifrables, recordaban a estrellas lejanas en un cielo nocturno. Bajo el alto puente de su nariz, sus labios formaban una línea firme e indescifrable, severa pero innegablemente seductora.
Celeste nunca había conocido a un hombre como este. No pudo evitar preguntarse cómo Sylvia había conseguido enredarse con alguien tan llamativo. Después de lo que le pareció una eternidad, volvió a la realidad, balbuceando unas palabras.
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—Eh… Sr. Doyle, ¿ha venido a ver a Sylvia? Ella… está dormida.
Jarrod frunció ligeramente el ceño mientras su mirada se deslizaba más allá de ella, escudriñando la habitación. Su voz transmitía una autoridad tranquila. «¿Podría despertarla, por favor?».
Celeste dudó, cambiando el peso de un pie a otro. «Ella… se acostó muy temprano y está durmiendo profundamente. Quizás… podría volver mañana».
Jarrod no dijo nada. Simplemente se quedó allí, silencioso pero imponente, con su presencia pesando sobre ella como una orden tácita.
Celeste sintió que sus nervios se desmoronaban bajo el pesado silencio. Estaba a punto de balbucear otra excusa cuando su voz rompió la tensión, baja y con un tono que ella no lograba identificar. «¿En qué habitación está?».
Celeste se mordió el labio, indecisa.
Una cosa estaba clara: Jarrod no se iría sin ver a Sylvia.
—¡Eh! ¿Qué crees que estás haciendo?
Celeste abrió los ojos con horror al ver a Jarrod irrumpir en la habitación, tirar de la manta y levantar a Sylvia en sus brazos sin dudarlo. Un grito ahogado escapó de los labios de Celeste mientras se tapaba la boca con la mano. ¿Cómo podía un hombre que parecía todo un caballero actuar con tal imprudencia?
Sylvia, sacada de su sueño, parpadeó aturdida, solo para encontrarse envuelta en los brazos de Jarrod.
Al darse cuenta, el pánico se apoderó de ella y sus manos se aferraron instintivamente a la camisa de él. «¡Jarrod!».
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