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Capítulo 426:
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Cuando ella se negó obstinadamente a moverse, William dejó escapar un suspiro de resignación. Sin decir nada más, se agachó, la cogió en brazos y se la llevó con una fuerza sorprendente.
Ryland, que presenció la escena, se esforzó por contener la risa detrás de la mano.
Renee, sin embargo, sentía una mezcla de vergüenza y furia. Ser llevada en brazos como una princesa delante de su mejor amiga le parecía la humillación definitiva.
Se retorció en los brazos de William, pero su vestido ajustado le impedía moverse con libertad. Dudó en forcejear demasiado, por miedo a romperlo en el proceso.
—¡William, suéltame! —siseó Renee entre dientes, con una voz apenas audible por miedo a llamar la atención.
Pero William actuó como si no hubiera oído nada y la llevó hasta el coche sin pensárselo dos veces. Habían traído un conductor ese día, sabiendo que probablemente beberían en el banquete. En cuanto el conductor vio a William llevando a Renee, se adelantó rápidamente y abrió la puerta del coche con discreción.
Una vez que ambos estuvieron dentro, el conductor se sentó y preguntó: «Sr. Mitchell, ¿adónde les llevo?».
«A casa», respondió William sin dudar.
No se refería a la residencia de la familia Mitchell, sino a su hogar personal. El conductor, sin necesidad de que se lo dijeran, levantó pensativamente la mampara entre los asientos delanteros y traseros, dándoles privacidad.
Renee se quedó allí sentada, momentáneamente sin palabras.
¿Estaba el conductor malinterpretando algo?
Pero cuando Renee giró la cabeza, sus ojos se encontraron con los de William, cuya intensa mirada la conmocionó.
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Renee se quedó paralizada. ¿Qué estaba tramando?
«¿Cuánto has bebido esta noche?», preguntó con voz incrédula.
No había prestado mucha atención, pero habría jurado que William solo había tomado una copa al brindar por Nigel. Entonces, ¿por qué parecía borracho?
La voz de William era áspera y ronca mientras se quitaba la corbata y la tiraba a un lado con descuido. El aliento le olía a alcohol, lo que aumentaba el misterio de su extraño comportamiento. «Tres copas», murmuró William con voz pastosa.
Renee abrió los ojos con incredulidad.
¿Cómo era posible que, después de tantos años, su tolerancia al alcohol no hubiera mejorado en absoluto? ¿Tres copas y ya estaba tan borracho?
Mientras la mirada de William se nublaba, sin apartar sus intensos ojos de los de ella, un extraño pensamiento cruzó por la mente de Renee. ¿De verdad estaba pensando en hacer algo allí, en el coche?
Efectivamente, sin previo aviso, William extendió la mano y tiró del vestido de Renee hacia él. Varios botones salieron disparados y aterrizaron con un suave tintineo contra la mampara.
Renee se quedó atónita.
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