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Capítulo 36:
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En el momento en que Renee oyó que la iban a vender como si fuera una propiedad, un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Quién podía despreciarla tanto?
Los días pasaban lentamente, pero el hombre nunca regresó, dejando a Renee abandonada en un abismo de oscuridad. Buscó a tientas, pero solo encontró paredes inflexibles, como si la hubieran encerrado en una jaula de hierro.
La desesperación la llevó a buscar el interruptor de la luz, pero cuando lo accionó, no pasó nada. No había luz. No había escapatoria. Solo un silencio insoportable que la oprimía por todos lados. No se atrevía a cerrar los ojos.
No había nada para comer. El hambre la devoraba, el cansancio la agobiaba, tenía el estómago revuelto y un dolor sordo le latía en la parte baja del abdomen.
El tiempo perdió su significado. El silencio era tan absoluto, tan sofocante, que incluso su propia respiración sonaba anormalmente fuerte, como si la habitación misma se tragara todos los ruidos.
El silencio aplastante y la oscuridad infinita minaban su determinación, desmoronándola poco a poco. Era un terror diferente a cualquier otro, un vacío sofocante que la envolvía por completo.
Renee no tenía ni idea de cuántos días habían pasado cuando su cuerpo llegó al límite. Justo cuando sus últimas fuerzas se agotaban, la puerta se abrió con un crujido.
Después de tanto tiempo en silencio absoluto, el ruido repentino fue casi doloroso, y el torrente de luz le cegó los ojos. Se acurrucó sobre sí misma, protegiéndose débilmente la cabeza con los brazos, demasiado agotada para preocuparse por quién había venido finalmente a buscarla.
Y entonces… un cálido abrigo se posó suavemente sobre sus hombros y unos fuertes brazos la atrajeron hacia un abrazo amplio, firme y seguro. Una voz profunda murmuró: «Ya está bien. Ahora estás a salvo».
Algo en esa voz le resultó familiar, pero a la vez distante. Pero antes de que Renee pudiera identificarla, su mundo se volvió negro.
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Cuando se movió, sintió algo cálido rozando su rostro, suave, cuidadoso. Por reflejo, intentó apartar la mano, pero había perdido casi toda su fuerza. Sus dedos apenas la tocaron antes de que ella dijera con voz ronca: «No… no me toques».
Su voz era ronca, poco más que un susurro. Los días sin agua le habían dejado la garganta en carne viva.
El hombre soltó una risa baja y divertida, un sonido rico y pausado.
Al oír esa voz, Renee se despertó de golpe y abrió los ojos de par en par. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de noche que proyectaba un suave resplandor dorado, claramente destinado a facilitarle las cosas.
Un hombre alto y de hombros anchos estaba sentado junto a su cama, con una toalla en la mano, observándola con tranquila intensidad.
Renee parpadeó, con la respiración entrecortada. Esos ojos agudos, como los de un águila… los había visto antes.
—Pequeña, no me digas que ya me has olvidado —dijo el hombre con una voz grave y familiar.
Los confusos pensamientos de Renee se reordenaron lentamente. Vacilante, susurró: —¿Sr. Chadwick?
Ryder asintió con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa. —Me llamaste antes de tu vuelo y me dijiste que vendrías. Luego, nada. Silencio total. Pensé que tal vez habías cambiado de opinión. Pero cuando vi los titulares sobre la próxima boda de William, supe que algo no estaba bien. Así que pedí a alguien que lo investigara».
Renee se quedó quieta. Entonces no había muerto.
Ese pensamiento fugaz parpadeó y se desvaneció cuando las palabras de Ryder calaron en ella. ¿William… se iba a volver a casar?
¿Tan pronto? ¡Qué impaciente! Después de todos estos años, él y Sylvia por fin podían estar juntos.
Renee podía imaginárselo: William colmando a Sylvia de afecto, protegiéndola como siempre había hecho, igual que cuando eran niños. Sin duda, la trataría como a una reina, sin permitir que nada le hiciera daño.
—Deberías descansar —dijo Ryder, con voz más suave ahora.
Renee siguió su mirada y se fijó en el gotero intravenoso que tenía en el brazo. Al cruzar la mirada con ella, Ryder le dedicó una sonrisa tranquilizadora. —Relájate, solo son nutrientes. Es totalmente seguro, no le hará daño al bebé.
La mente de Renee se sentía lenta, como si siempre estuviera un paso por detrás, luchando por seguir el ritmo. Pasaron unos segundos antes de que finalmente lograra preguntar: —¿Qué bebé?
Ryder se quedó paralizado y su expresión cambió al darse cuenta. Tras estudiar su rostro con atención, le preguntó: «¿No sabes que estás embarazada?».
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