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Capítulo 332:
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Renee llevó a Félix de vuelta a su habitación para que pudiera descansar más cómodamente. Mientras lo abrazaba, Félix pareció encontrar consuelo en su abrazo y pronto cayó en un sueño más profundo. Renee también se quedó dormida, agotada por el cansancio.
No fue hasta que oyó un ruido en la planta baja que Renee se despertó lentamente. Abrió los ojos y, por un breve instante, se sintió desorientada, tratando de averiguar dónde estaba y cómo había llegado allí.
Entonces, su mirada se posó en Félix, que dormía plácidamente en sus brazos. Su rostro inocente y sereno la devolvió al presente, y ella sonrió suavemente, recordando la profunda conexión que compartían.
El ruido de la planta baja persistía.
Renee se levantó y se acercó a la ventana. Miró hacia abajo y vio a Eric dando órdenes a unos trabajadores, indicándoles que cavaran en el jardín.
«¡Moveos rápido y terminad antes de que se ponga el sol!», ordenó.
Como William era alérgico a las flores, el jardín nunca había estado muy plantado. Y como William rara vez lo visitaba, Esme solo tenía unas pocas plantas.
Pero nunca había imaginado que Félix heredaría la alergia al polen de William.
Uno de los trabajadores, al oír la orden de Eric, intercambió miradas con sus compañeros, vacilante.
Los trabajadores, que solían ayudar a Esme a cuidar el jardín, sabían lo mucho que ella apreciaba esas plantas.
«Son las plantas que plantó la propia señora Mitchell…», murmuró uno de ellos.
El tono de Eric seguía siendo severo. «¡Hagan lo que digo! ¡Desentierren todas!»
A regañadientes, los trabajadores cogieron sus palas y se pusieron manos a la obra. El jardín pronto se llenó del sonido de las palas excavando la tierra y de las flores arrancadas de raíz.
En ese momento, uno de los trabajadores vio a Esme acercándose desde la distancia y la llamó: «¡Sra. Mitchell!».
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Al oír esto, los trabajadores se detuvieron y miraron a Esme, esperando que les dijera que pararan.
Sin embargo, la voz de Esme resonó con certeza. «¡Gracias a todos por su duro trabajo! Cuando terminen, le diré a Olivia que prepare una gran cena para todos».
Los trabajadores se quedaron en silencio, atónitos.
Nadie dijo una palabra.
Estas solían ser las plantas queridas de Esme, pero ahora parecía que no le importaban en absoluto.
Después de escuchar las palabras de Esme, los trabajadores sabían que no podían dudar. Rápidamente reanudaron su trabajo, cavando con un renovado sentido de urgencia.
En poco tiempo, el jardín, que por la mañana estaba lleno de flores vibrantes, se había convertido en un caos de ramas rotas y pétalos esparcidos.
Cuando se puso el sol, el jardín, que antes era hermoso, había quedado desnudo, dejando solo un pedazo de tierra árida.
En ese momento, una mano suave se posó sobre el hombro de Renee, atrayéndola hacia un cálido abrazo.
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