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Capítulo 309:
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Renee frunció el ceño, y su preocupación se intensificó. «¿Por qué estás aquí? ¿Qué te ha pasado?».
Rosa bajó la mirada, retorciendo nerviosamente los dedos, demasiado avergonzada para mirar a Renee a los ojos o dar un paso para entrar.
Esta versión de Rosa no se parecía en nada a la chica que Renee recordaba.
¿Podría haberla destrozado realmente aquel suceso?
«Entra», dijo finalmente Renee, con voz más suave ahora.
Con un gesto de asentimiento vacilante, Rosa entró en la habitación.
Solo entonces Renee se dio cuenta de que Rosa estaba descalza, con los delicados pies sucios y marcados por pequeños cortes.
Renee no pudo evitar preguntarse cuánto tiempo llevaba Rosa vagando, con los pies sufriendo las consecuencias de su viaje sin rumbo.
La mirada de Renee se posó en los pies de Rosa, frunciendo el ceño. Con un ligero empujón, lanzó sus propias zapatillas en dirección a Rosa, con un tono de irritación en la voz. «Póntelas».
Rosa observó el movimiento, con pánico en los ojos. Vacilante y con cuidado, se deslizó los pies dentro de las zapatillas, como si temiera ensuciarlas.
«¿Cómo has llegado aquí? ¿Has tomado un taxi?», preguntó Renee en voz baja.
Rosa bajó la cabeza, con la mente aparentemente absorta en la búsqueda de las palabras adecuadas. Tras una pausa tensa, respondió lentamente: «Yo… he caminado».
La impaciencia de Renee comenzó a hacerse más evidente. Ya lo sospechaba: los pies de Rosa eran una clara señal de su largo camino. Dada la distancia entre su casa y el hospital, estaba claro que le había llevado al menos media hora llegar hasta allí.
Renee la miró, sintiendo cómo la irritación crecía en su interior. «¿Qué te trae por aquí?».
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Rosa levantó la mirada, pero no dijo nada.
La frustración brotó en Renee. Nunca habían tenido una relación cercana. Más bien al contrario, debido a Sally, siempre habían estado enfrentadas. Sin embargo, ahora parecía que Rosa veía a Renee como su salvavidas.
«Haré que tu madre venga a recogerte», dijo Renee con tono seco.
«¡NO… por favor, no lo hagas!». La voz de Rosa era apenas un susurro, pero la obstinación en su tono era inconfundible.
«No puedo volver…», añadió, con palabras teñidas de un tranquilo desafío.
Rosa levantó la cabeza y su mirada se endureció con determinación. Agarró con fuerza la mano de Renee, con los ojos brillantes y a punto de llorar.
«Renee, no quiero volver…», dijo con voz temblorosa, cargada de emoción.
Renee frunció profundamente el ceño, y su frustración se hizo más evidente con cada momento que pasaba.
«Primero buscaré a alguien que te cure las heridas», murmuró, y se dispuso a pulsar el botón de llamada que había junto a la cama.
Unos instantes después entró una enfermera, con el rostro oculto por una mascarilla. Renee arqueó una ceja al verla. ¡Qué coincidencia!
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