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Capítulo 302:
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William sintió una oleada de alivio al darse cuenta de que, al menos, Félix estaba a salvo. Pero ese alivio se esfumó rápidamente.
¿Cómo se atrevían sus padres a tomar una decisión así sin consultarle? Ya había dejado claro que no lucharía con Renee por la custodia, ¿por qué se estaban extralimitando?
Si esto seguía así, Renee podría volver a dejarle, junto con su hijo.
«Nene, créeme, no tenía ni idea de esto», dijo William con voz sincera. «Traigamos a Félix de vuelta».
La ira de Renee se suavizó ligeramente ante su tono sincero, pero seguía pareciendo disgustada.
—Todavía estás herido. No puedes salir del hospital. Iré yo sola —dijo con voz firme—. Además, ¿de qué serviría que fueras tú? Son tus padres. ¿De verdad vas a enfrentarte a ellos?
Con eso, Renee se dio la vuelta y se marchó, dirigiéndose sola a la mansión Mitchell y dejando a William en el hospital.
Cuando Renee llamó a la puerta, fue Olivia Mason, la ama de llaves, quien le abrió.
Olivia, que llevaba más de una década trabajando en la mansión Mitchell, reconoció a Renee al instante. Dudó un momento antes de saludarla con rigidez. —Señora Mitchell…
—Olivia, cuánto tiempo —respondió Renee con un gesto de asentimiento.
Renee siempre había tenido mejor impresión de Olivia que de Esme. Al menos Olivia sabía cocinar, una habilidad que valía la pena. Esme, por otro lado, era una mujer mimada y despistada a los ojos de Renee.
Esme había nacido en una familia adinerada, se había casado bien y pasaba sus días rodeada de lujos. Pero no tenía ninguna habilidad real, solo era otra mujer de mediana edad mimada e inútil.
«¿Qué te trae por aquí?», preguntó Olivia, con un tono educado pero cauteloso.
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Renee esbozó una suave sonrisa y preguntó con voz tranquila: —Olivia, ¿el señor y la señora Mitchell trajeron a casa a un niño pequeño, de unos dos años?
Olivia pareció desconcertada. Dudó y sus palabras se entrecortaron. —No estoy… muy… segura.
Las sospechas de Renee solo se hicieron más fuertes ante la reacción de Olivia. No insistió más y decidió entrar por su cuenta.
En cuanto entró en la sala de estar, oyó la voz de Félix. «¡Abuelo, abuelo!».
La expresión de Renee se ensombreció. Las repetidas llamadas de «abuelo» le ponían de los nervios, cada una como un eco molesto. «¡Félix, la abuela está aquí! ¡Ven con la abuela!».
Renee entró en la habitación y encontró a Eric sosteniendo a Félix, mientras Esme lo entretenía con juguetes. Ambos tenían amplias sonrisas y Félix reía alegremente en sus brazos.
Pero la expresión de Renee se ensombreció.
Sentía como si le estuvieran quitando poco a poco a su hijo.
«¡Félix! Ven aquí…», llamó Renee con voz firme y segura.
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