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Capítulo 234:
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Un escalofrío recorrió la espalda de Renee al sentir que unos ojos la observaban. Su cuerpo se tensó y apretó los puños instintivamente.
No se giró de inmediato. En lugar de eso, esperó, esperando a que quienquiera o lo que fuera que la estuviera observando bajara la guardia.
Entonces, con un movimiento rápido, se giró para atacar.
Antes de que pudiera actuar, unos fuertes brazos la rodearon y la atrajeron hacia sí. Lo primero que sintió fue el aroma, familiar y reconfortante. Si no hubiera sido por eso, habría lanzado un puñetazo.
William la abrazó con más fuerza, como si pudiera envolverla en sí mismo y no soltarla nunca.
—William… —Renee abrió los labios para hablar, pero antes de que pudiera decir otra palabra, él la besó.
El calor floreció entre ellos, repentino, abrumador.
Su mano se deslizó hasta la nuca de ella, y sus dedos la presionaron suavemente. La besó con frenética desesperación, como si se aferrara a ella para salvar su vida. Ella jadeó y empujó sus hombros, pero él no la soltó.
En un santiamén, su lengua se deslizó entre los labios entreabiertos de ella.
Un suave gemido se le escapó antes de que pudiera evitarlo.
Sus bocas se movieron juntas, urgentes e implacables. Sus labios se presionaron tan fuertemente contra los de ella que parecía que él intentaba reclamar cada parte de ella. Sus dientes chocaron. Su presencia la consumía, abrumadora, implacable.
Ella jadeó, tomada por sorpresa. Su respiración se aceleró mientras le daba palmaditas en el pecho, empujándolo débilmente.
Pero él solo profundizó el beso, con su lengua explorando, provocando, saboreando. «No… espera…»
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El calor le picaba en las comisuras de los ojos. Cada jadeo que dejaba escapar parecía alimentarlo, fortaleciendo su determinación.
Se aferró a ella, chupando su lengua, con su cuerpo apretado contra el de ella. Sus bocas húmedas se movían juntas, cada beso era un tirón desesperado. El sonido resonaba en la tranquila cueva.
Entonces, él bajó la cabeza. Renee reunió todas sus fuerzas y empujó contra su pecho. «William… te dije… ¡para!».
Por fin, él se detuvo. Su respiración era dura y desigual mientras la miraba a los ojos, fijando la mirada en la mujer que casi había perdido.
Lentamente, le limpió el labio inferior húmedo con el pulgar. «Pensé que iba a perderte de nuevo… Nene».
La forma en que dijo «otra vez» le oprimía el pecho. Ella lo entendió.
—Lo siento, yo…
—Renee.
Ella se calló ante su voz severa, frunciendo el ceño con confusión.
Su expresión cambió: seria, fría. Hacía mucho tiempo que no la llamaba con tanta frialdad. En ese momento, sus ojos eran como el hielo.
Un escalofrío recorrió a Renee. No podía ni imaginar lo que él estaba pensando.
«¿Cómo has podido arriesgar tu vida así?». La voz de William era baja y aguda.
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