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Capítulo 156:
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Cuando la puerta de la habitación del hospital se abrió con un chirrido, la figura que yacía en la cama se encogió instintivamente bajo la manta, como si esconderse pudiera hacerla desaparecer.
Renee entró, con pasos ligeros, pero a medida que se acercaba, podía ver la manta temblando como hojas en una tormenta. Sintiendo la tensión en el aire, mantuvo la distancia, sin querer asustar aún más a la niña.
En la puerta, Sally y Nixon esperaban ansiosos, dudando si entrar.
—Rosa —llamó Renee, con voz tranquila pero firme.
El temblor cesó. Bajo la manta, Rosa yacía completamente inmóvil, como si contuviera la respiración, esforzándose por reconocer la voz.
Renee volvió a llamar, esta vez en voz más baja. —Rosa, soy yo.
«Re… Renee…», se oyó un susurro amortiguado desde debajo de las mantas.
Renee nunca había sentido especial cariño por Rosa. No eran parientes consanguíneas y su relación siempre había sido distante, en el mejor de los casos. Desde que Sally se casó con un miembro de la familia Carter, Renee se había mudado para vivir con Johnny y solo se cruzaba con Rosa en las fiestas.
«Quítate la manta», le ordenó Renee, con un tono que no admitía réplica.
Un pesado silencio se apoderó de la habitación: un segundo, dos segundos, tres… En la puerta, los ojos enrojecidos de Sally brillaban con urgencia. Habían agotado todas las posibilidades, consultado a los mejores médicos de la ciudad y, sin embargo, ninguno podía ofrecer una solución. No era un problema físico, sino psicológico, que requería curación emocional, no recetas médicas. Y Renee, quisiera o no, era su última esperanza.
—Si no te lo quitas, me voy —declaró Renee, dando media vuelta como si realmente lo fuera a hacer.
Sally se estremeció e instintivamente se movió para detener a Renee, pero antes de que pudiera hacerlo, se produjo un pequeño movimiento en la cama. Una esquina de la manta se levantó.
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—Renee… —Rosa asomó la cabeza con vacilación.
Renee se volvió, con la mirada fría e indescifrable.
En cuanto Rosa la vio, sus labios temblaron. Como una niña que había sido regañada por el mundo, finalmente se derrumbó ante alguien en quien creía poder confiar.
—Renee… Eres tú de verdad… —sollozó incontrolablemente.
Renee parpadeó, sorprendida. Observó cómo Rosa extendía los brazos, buscando consuelo como una niña perdida que busca refugio.
¿Qué estaba haciendo Rosa? ¿Esperaba un abrazo?
Renee no estaba preparada para eso. Mientras tanto, Rosa seguía llorando.
Renee sintió que le venía un dolor de cabeza.
«Renee, ¿puedes abrazarla?», preguntó Sally con voz temblorosa, casi suplicante.
En circunstancias normales, Renee habría respondido con un comentario mordaz. ¿De verdad Sally pensaba que Renee iba a acceder solo porque se lo pidiera amablemente? ¿De dónde sacaba ese descaro?
A veces, Renee encontraba a Rosa un poco dramática y pretenciosa, y creía que su mayor defecto era simplemente ser la hija de Sally. Pero ¿Sally? Sally era otra historia. Renee la despreciaba. Esa mujer había orquestado su caída en la familia Carter, manipulando a Nixon para que la echara. A lo largo de los años, Sally había causado suficientes problemas como para toda una vida. Francamente, el hecho de que Renee estuviera allí para ayudar a la hija de Sally era un milagro en sí mismo.
«Renee…», gimió Rosa, con lágrimas y mocos corriéndole por la cara en un lamentable desastre.
Renee hizo una mueca de asco. Asqueroso. Se acercó, sacó un par de pañuelos de la caja y se los pasó por la cara llena de lágrimas a Rosa con la eficiencia de alguien que limpia una encimera sucia. «Rosa, ¿no te gusta estar guapa? Ahora mismo estás horrible».
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