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Capítulo 13:
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William aseguró a los Carter que, a pesar del fallecimiento de Johnny, siempre estaría ahí para proteger a Renee.
La determinación en los ojos de William casi hizo creer a Renee que él realmente se preocupaba por ella. Casi.
No era la primera vez que se sentía así. Desde que se casaron, había habido momentos fugaces en los que se preguntaba si él realmente sentía algo por ella; de lo contrario, ¿por qué había permanecido tontamente con él durante tantos años?
Había pequeños gestos que le hacían cuestionarse todo: sus momentos íntimos en los que él la cuidaba con ternura, las veces que ella dejaba tirada su ropa y sus calcetines y él los lavaba a mano para ella, y aquellas mañanas en las que le preparaba el desayuno solo para ella.
Pero cada vez que el corazón de Renee se ablandaba, se fijaba en la forma en que William miraba a Sylvia, una mirada llena de ternura y afecto. Ese era el tipo de mirada que se reservaba para alguien a quien se amaba de verdad.
Como ahora. Mientras la multitud comenzaba a dispersarse lentamente, la voz excesivamente dulce de Sylvia cortó el aire.
«William… me duele el estómago…».
Sin dudarlo, William soltó la mano de Renee y corrió al lado de Sylvia, con voz llena de preocupación. «¿Qué te pasa? Te llevaré al hospital ahora mismo».
Sylvia, con aspecto frágil, se acurrucó en los brazos de William y preguntó: «Pero… ¿qué pasa con Renee?».
Renee esbozó una sonrisa desdeñosa. En el pasado, habría desempeñado el papel magnánimo, fingiendo que no le importaba. «Estoy bien. Id vosotros dos», habría dicho.
Pero hoy quería provocar a Sylvia. Volviéndose hacia William, le preguntó en voz baja: «Sí, William, ¿y yo qué?».
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Renee no pudo evitar fijarse en cómo Sylvia apretaba con fuerza la camisa de William, con los nudillos blancos por la rabia que apenas podía contener. Sin embargo, Sylvia, fingiendo fragilidad, murmuró: «William, deberías llevar primero a Renee a casa. Yo estaré bien… Solo necesito descansar».
A pesar de sus palabras, la postura de Sylvia se debilitó y casi se derrumbó en los brazos de William.
Renee, harta, se dio la vuelta, perdiendo de repente el interés en el juego. Cuando empezó a hablar, dispuesta a decirles que se marcharan, oyó a William detrás de ella, hablando por teléfono.
«Ven aquí y lleva a Sylvia al hospital», dijo con calma.
Renee parpadeó, sorprendida.
Cuando se dio la vuelta, vio a William ayudando a Sylvia a sentarse, con un tono inequívocamente amable, en marcado contraste con el tono que utilizaba para hablar con los demás. «He llamado a Sam. Él te llevará al hospital».
Sylvia se mordió el labio y asintió a regañadientes. «De acuerdo…».
No fue hasta que Renee se acomodó en el asiento del copiloto del jeep de William cuando se fijó bien en su rostro. Había algo raro en él hoy, algo que no conseguía identificar.
«¿No vas a cuidar de Sylvia? Dice que no se encuentra bien», soltó.
En cuanto pronunció esas palabras, Renee se dio cuenta de lo celosa que sonaba. Rápidamente intentó explicarse, pero William la interrumpió con voz tranquila.
«¿No te encuentras bien tú también?».
«No…», comenzó a protestar Renee, pero la mirada de William se desplazó hacia su abdomen. Solo tardó un segundo en darse cuenta de que había estado cubriéndose inconscientemente el vientre.
Nerviosa, retiró rápidamente la mano, sonrojándose por la vergüenza de que él se hubiera dado cuenta.
El teléfono de William sonó y, tras echar un vistazo rápido, colgó antes de arrancar el coche. «Te llevaré a casa».
Después de dejar a Renee en su casa, William no se entretuvo. Simplemente dio la vuelta y se marchó, sin siquiera entrar.
Su teléfono no dejó de vibrar durante el trayecto y, cuando Renee miró la pantalla por un momento, vio que era Esme quien llamaba.
No quiso pensar en por qué Esme intentaba contactar con William con tanta urgencia. Abrumada por el mareo, se tambaleó hasta su habitación y se quedó dormida en cuestión de minutos.
En su sueño, volvía a ser una niña pequeña y Johnny le enseñaba pacientemente a disparar, guiando su mano con la suya.
El fuerte estallido de un disparo la sacó del sueño, pero no era un disparo, era su teléfono cayendo al suelo.
Aturdida, lo recogió y vio una serie de llamadas perdidas, algunas de Ryland y otras de un número desconocido.
Pero fue la notificación en su pantalla lo que le llamó la atención. El titular decía: «¿Se han divorciado Renee y William? ¡Corren rumores de que su nuevo amor está embarazada!».
Curiosa, Renee hizo clic en el artículo. La foto de portada era una imagen sin censura y en alta resolución de William ayudando a Sylvia a salir del departamento de obstetricia.
Juntos parecían perfectos: él, guapo y seguro de sí mismo; ella, elegante y radiante. Nadie podía negar que formaban la pareja perfecta.
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