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Capítulo 103:
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Renee suspiró, con el corazón encogido. «¿No te dijo tu profesor también que una familia completa suele tener un papá, una mamá y un niño?».
Felix apoyó la barbilla en las manos, con expresión pensativa. Al cabo de un momento, levantó la vista, con los ojos muy abiertos y una nueva y desconcertante idea en la cabeza. «Entonces, mamá, ¿no quieres que mi papá esté con nosotros y prefieres al señor Mitchell?».
Renee balbuceó, sorprendida por su inocencia.
En ese momento, William, que había estado preparando la mesa para la cena en silencio, no pudo ocultar una sonrisa ante la pregunta de Félix. Lanzó una mirada curiosa a Renee, ansioso por ver su reacción.
Sintiendo la mirada de William, Renee se puso tensa. Se dirigió a Félix con firmeza, con palabras claras y deliberadas. «Eso no es del todo cierto, cariño. Solo dos personas que se aman de verdad pueden tomar ese tipo de decisión. El Sr. Mitchell y yo solo somos amigos».
Felix frunció el ceño pensativo. «Pero él me dijo que quiere ser mi papá… Mamá, me gustan mucho el Sr. Mitchell y papá, ¡pero solo puedo tener un papá y no sé a quién elegir!».
Renee no podía creer lo que oía. ¿De verdad estaba convencido de que podía elegir a su propio padre?
«Concéntrate en tu dibujo, Félix», insistió suavemente, con voz teñida de firmeza cansada. «Y deja de llamar «papá» a los demás, ¿vale?». La costumbre de Félix de referirse a Ryder como «papá» era un problema que venía de lejos, y que ella había intentado corregir en múltiples ocasiones sin éxito. Al final, se había resignado a guardar silencio, comprendiendo su anhelo de tener una familia como la de sus amigos.
«¡La comida está lista!», gritó William desde la cocina, interrumpiendo sus cavilaciones.
Al oírlo, Félix se apresuró a guardar sus lápices de colores y el papel. Renee se levantó, con movimientos lentos, casi renuentes, y se acercó a la mesa del comedor.
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Una variedad de platos ocupaba poco a poco cada centímetro de espacio. El corazón de Renee era una tormenta de emociones contradictorias.
Estaba segura de que William había oído su reprimenda anterior a Félix. Su postura tenía que ser inequívoca ahora.
«William, gracias por hoy», dijo con voz firme pero fría. «Come con Félix. Después, me gustaría que te fueras y no volvieras. Es que no puedo… No puedo soportarlo más».
Con eso, se dio la vuelta para marcharse, pero William la agarró del brazo y la detuvo.
Ella se volvió hacia él, con una expresión triste y una mirada suplicante.
Su mirada la atravesó como una aguja: afilada, fría, directa al corazón. «He preparado esta comida para ti y para Félix». La emoción tensó la voz de William, dejándola áspera e inestable. «Quédate y come. Yo seré el que se vaya».
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