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Capítulo 978:
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Su sincera confesión la pilló desprevenida. Un ligero rubor se extendió por sus mejillas. Carraspeó, recuperando la compostura. «Entendido. Acuéstate temprano. Mañana te recogeré en el aeropuerto».
«Vale».
Una vez finalizada la llamada, Clarice se quedó mirando la foto de ella y Félix que brillaba suavemente en la pantalla, y no pudo reprimir la sonrisa que se dibujó en su rostro. Recorrió su imagen con suavidad con el dedo, con una mirada que se suavizó por la ternura.
«Tonto», murmuró, mientras su sonrisa se hacía más amplia. «Yo también te he echado de menos».
а𝖼𝗍𝘂𝖺𝗹𝘪𝗓𝖺𝗰і𝗼ո𝖾𝘀 𝘁o𝖽𝗮𝗌 𝘭𝘢𝘀 𝘴е𝘮аո𝖺𝘀 е𝗻 n𝗼ve𝗹аs𝟦𝖿а𝗇.𝖼𝗈𝗆
Las primeras luces del alba apenas rozaban el horizonte cuando Clarice se despertó. Se deslizó en silencio fuera de la cama, con los pies descalzos sin apenas hacer ruido sobre el suelo frío, y caminó de puntillas por el pasillo hasta las habitaciones de los niños. Leo y Gloria seguían profundamente dormidos, con las mejillas sonrosadas y las mantas caídas hasta la mitad de la cama. En la habitación contigua, Adora y Galen dormían con la misma tranquilidad.
Satisfecha, Clarice llamó en voz baja a las niñeras y a las criadas, asegurándose de que los niños estuvieran bien cuidados antes de retirarse a su vestidor. Allí se quedó de pie un momento, examinando su guardarropa con meticulosa atención. Al final se decidió por un vestido rojo, de diseño sencillo, pero perfectamente entallado para realzar su figura. Luego lo combinó con un maquillaje ligero, lo justo para realzar sus rasgos sin eclipsarlos.
Cuando llegó al Aeropuerto Internacional de Bleron, la terminal bullía de actividad. La multitud se movía en oleadas. Se quedó de pie junto a la puerta de llegadas, con la mirada fija en la salida y los dedos entrelazados con fuerza, como para calmar su corazón acelerado.
El panel de vuelos lo confirmaba: el avión de Félix había aterrizado y los pasajeros empezaban a salir en fila. Cada figura que emergía le hacía dar un vuelco al corazón, hasta que, por fin, una silueta erguida y familiar se abrió paso entre el mar de rostros.
Félix. Llevaba un traje informal negro y arrastraba su maleta con una mano. Parecía un poco más delgado que antes, con la mandíbula cubierta por una ligera barba oscura que no tenía cuando se marchó. Levantó la vista, escudriñando a la multitud. Entonces la encontró, una vibrante salpicadura de rojo en medio de la marea monótona.
Sus miradas se cruzaron y, por un instante, el mundo se desvaneció. El rugido de la multitud, el estruendo de los anuncios, la oleada de viajeros que pasaban a toda prisa, todo se disolvió en un zumbido lejano. En ese instante, solo existían Clarice y Félix, en una burbuja, solos juntos.
Félix soltó el asa de su maleta como si no pesara nada y se abrió paso a través de la multitud. Clarice lo imitó instintivamente, y sus piernas alcanzaron una velocidad que no creía posible. Al segundo siguiente, se fundieron en un abrazo cálido y apasionado.
Sin dudarlo, Félix presionó sus labios contra los de ella, en un beso a la vez familiar y urgente, como el de un hombre que había contado cada día de separación. Clarice se puso de puntillas, rodeándole el cuello con los brazos, y le devolvió el fervor con igual intensidad.
La terminal que los rodeaba pasó a un segundo plano, y los ajetreados viajeros no eran más que fantasmas en los límites de su campo de visión. Pasaron minutos, o segundos; era imposible saberlo. Sin aliento, Félix finalmente se apartó, apoyando la frente contra la de Clarice, con una leve sonrisa esbozándose en las comisuras de sus labios.
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