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Capítulo 967:
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Félix se quedó mirando los dos rostritos que tenían rasgos tanto de él como de Clarice. Su visión se nubló cuando las lágrimas le llenaron los ojos. Extendió la mano instintivamente, pero luego dudó y la retiró, temeroso de hacerles daño con un roce descuidado.
—Clarice… —preguntó ansioso—. ¿Cómo está?
—Está agotada y ahora está descansando —respondió la enfermera con delicadeza—. La trasladarán a la sala de recuperación en breve.
Solo entonces se aflojó por fin el nudo que tenía Félix en el pecho. Mientras miraba a sus hijos, una profunda sensación de plenitud lo inundó. En ese momento, su mundo se sintió completo. Ahora era padre, y no solo de un hijo, sino tanto de un hijo como de una hija.
La emoción lo abrumó de golpe. Incapaz de contenerla, Félix abrazó con fuerza a Austin, que estaba a su lado, y se derrumbó, sollozando a voz en grito.
Austin se quedó paralizado, desprevenido ante aquel abrazo repentino, y luego apartó a Félix de un empujón con una expresión de evidente disgusto. «¿Por qué lloras así? Contrólate».
Aun así, en sus ojos se escondía una leve sonrisa.
La noticia de que Clarice había dado a luz a un niño y a una niña se extendió rápidamente tanto por la familia Moore como por la familia Shaw. Westley estaba tan emocionado que no podía dejar de sonreír. En cuanto se enteró de la noticia, se apresuró a ir directamente al hospital. Brandon estaba igual de feliz. Ese mismo día, preparó dos generosos regalos para bendecir a sus nietos recién nacidos.
Clarice llamó a su hija Gloria, con la esperanza de que creciera brillante y radiante. Para su hijo, eligió el nombre de Leo, deseándole fuerza, valor y un corazón firme para enfrentarse al mundo que le esperaba.
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El mundo de Clarice se había puesto patas arriba, en el mejor sentido posible, desde la llegada de sus dos pequeños milagros.
La que fuera la reina indiscutible del circuito de discotecas, que nunca volvía a casa sobria, había desaparecido sin dejar rastro. En su lugar se encontraba una supermamá ferozmente dedicada, que dedicaba cada momento de su vida a sus bebés. Atrás quedaban las interminables rondas de bares y las confusas fiestas posteriores. Sus días giraban ahora en torno al suave ritmo de las tomas, los cambios de pañales y convencer a esos diminutos párpados de que se cerraran por la noche.
Había dominado el arte de preparar purés para bebés, se había aprendido de memoria todas las canciones infantiles y era capaz de inventar cuentos para dormir que hacían que incluso el oyente más inquieto se quedara plácidamente dormido. Había cambiado sus tacones altísimos y sus vestidos ceñidos por suaves zapatos planos y conjuntos holgados y cómodos.
Y, sin embargo, de alguna manera, el tiempo se había mostrado inusualmente generoso. Ni una sola arruga ni sombra se atrevía a empañar su belleza. Su figura seguía siendo tan impresionante como siempre, ahora suavizada por un cálido resplandor maternal que a Félix le resultaba absolutamente irresistible.
—Cariño, estás absolutamente impresionante —murmuró una tarde, rodeando a Clarice con los brazos por detrás mientras ella preparaba la leche de fórmula, inhalando ese aroma dulce y familiar que aún lo volvía loco.
—Suéltame, torpe —bromeó Clarice, dándole un codazo juguetón—. ¿No ves que estoy en medio de algo importante?
—Déjame ayudarte —se ofreció Félix, extendiendo la mano hacia el biberón.
—Ni hablar —replicó Clarice, esquivando su mano con una risa—. Eres un manazas, lo vas a estropear todo.
Aunque ella lo rechazó, Félix no se inmutó. Simplemente la abrazó más fuerte, obstinado y feliz.
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