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Capítulo 959:
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Con su llegada, la alegría de la familia Moore se duplicó. Austin eligió el nombre de Galen, en el que se escondía un deseo silencioso: paz, salud y una vida libre de dificultades.
Desde el primer momento, Galen ya se sentía diferente de su hermana Adora en todos los aspectos imaginables. Adora había sido alegre y traviesa desde el principio, un duendecillo inquieto que trataba el mundo como un parque infantil que estaba deseando conquistar. Galen, por el contrario, llegó con una seriedad ya grabada en su ser, como si la seriedad se le hubiera cosido a los huesos al nacer.
Era un bebé inusualmente tranquilo. Rara vez lloraba, nunca se quejaba y se contentaba con pasar los días comiendo y durmiendo. Y cuando estaba despierto, se limitaba a observar; esos grandes ojos oscuros lo absorbían todo en silenciosa contemplación, lo que le daba un aire demasiado maduro para alguien tan pequeño.
Con poco más de un año, Adora ya se mantenía en pie, tambaleándose de un lugar a otro mientras balbuceaba sin cesar. De todas las palabras que intentaba decir, una destacaba por encima del resto, su favorita sin lugar a dudas.
«Tío».
Al principio, Félix lo tomó como una prueba de la devoción que ella sentía por él. Al fin y al cabo, era él quien la mimaba con juguetes, se agachaba en el suelo para jugar con ella y ponía caras exageradas solo para oírla reírse. Cada vez que Adora gorjeaba «tío» con esa vocecita suave e infantil, se le hinchaba el pecho de orgullo. La cogía en brazos, le llenaba su carita redondita de besos y luego se volvía hacia Clarice, presumiendo descaradamente: «¿Has oído eso? Es mi sobrina. ¡Solo se lleva bien conmigo!».
Clarice se limitaba a poner los ojos en blanco, negándose a dignificar su aire de suficiencia con una respuesta.
Entonces, una tarde, por un capricho repentino, Félix desenterró una vieja pila de fotos familiares. Sentó a Adora en su regazo, señaló los rostros uno a uno y le explicó pacientemente quiénes eran.
«Adora, mira. Esta es mamá. Este es el abuelo. Y este es… el tío». Se señaló a sí mismo, con una sonrisa que ya se le dibujaba en los labios mientras esperaba a que ella confirmara lo que él creía que era obvio.
D𝗲ѕc𝘶𝖻𝗿𝗲 𝗇u𝘦𝗏as 𝗁і𝘀𝗍о𝗋і𝗮𝗌 𝖾𝗻 𝘯𝘰ve𝗹𝘢𝘴𝟦f𝖺𝘯.c𝗈𝘮
Adora parpadeó, con esos mismos ojos oscuros alternando la mirada entre la foto y el Félix de carne y hueso sentado frente a ella. Sus labios se fruncieron ligeramente, formando un pequeño mohín pensativo. Entonces, con sorprendente certeza, extendió su dedito regordete, no hacia Félix, sino hacia el hombre alto y de espalda erguida que aparecía de pie junto a él en la foto.
«Tío». La voz de la niña resonó clara e inconfundible.
La sonrisa de Félix se congeló a medio trazo. El salón pareció quedarse en silencio, y el momento se alargó hasta resultar incómodo.
Entonces Clarice rompió el silencio, estallando en una carcajada incontrolable. «¡Jajaja! Félix, ¿has oído eso? ¡El “tío” de tu sobrina es tu hermano, no tú! ¡Toda esa presunción, toda esa arrogancia… y era completamente unilateral!».
El rostro de Félix palideció y luego se ensombreció de nuevo, pasando por una sucesión de vergüenza e incredulidad hasta quedarse en una expresión dolorosamente tensa. Bajó la mirada hacia Brennen en la foto y luego volvió a fijarla en la niña que tenía en brazos, que ya había perdido por completo el interés en él. Un dolor agudo y ridículo se instaló en su pecho, como si algo se hubiera hecho añicos allí en silencio.
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