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Capítulo 957:
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Esos archivos en el extranjero estaban fuertemente encriptados y equipados con medidas de seguridad. Él había consultado antes a varios expertos de primer nivel, y todos le habían dicho lo mismo: las posibilidades eran escasas, y un solo paso en falso podría desencadenar una liberación automática. Sin embargo, a Brinley no le costó más que una llamada telefónica informal.
Brinley se rió suavemente. «¿Pensabas que la gente de Austin era solo para guardar las apariencias?».
Allard no supo qué decir. La mujer que tenía delante estaba visiblemente embarazada, pero se comportaba con una autoridad serena. Sonriendo, charlando, tomando decisiones sin esfuerzo… se ocupaba de asuntos que habrían abrumado a la mayoría de la gente sin sudar ni una gota. Mientras la observaba, una oleada de emociones le invadió el pecho: sorpresa, admiración y, sobre todo, gratitud.
—Brinley —dijo tras respirar hondo, mirándola con seriedad—. Gracias.
«No hace falta», respondió Brinley, restándole importancia con un gesto de la mano. «Si acaso, soy yo quien te debe algo. Si no fuera por ti, la situación de Clarice no se habría resuelto ni de lejos tan rápido».
Allard negó con la cabeza, con el alivio claramente reflejado en sus ojos. «Poder enviar a esa mujer a afrontar sus propias consecuencias con mis propias manos… eso es lo único que siempre he querido. Ahora que por fin se ha ido esa espina que tenía en el corazón, podré volver a dormir tranquilo».
Mientras hablaba, se acercó a la ventana. La vista nocturna se extendía ante él, llenándole de una sensación de calma que no había sentido en años.
«Supongo que la mejor decisión que he tomado nunca», dijo en voz baja, «fue hacerme amigo tuyo».
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Brinley sonrió sin darse cuenta mientras observaba su espalda. Sí, así era la verdadera amistad.
Con pruebas claras en la mano, el caso de Milly pasó rápidamente a la fase de procedimiento judicial formal. No solo tendría que responder por difamación maliciosa y daño a la reputación ajena, sino que también se enfrentaría a cargos relacionados con intento de daño intencional. Lo que le esperaba era el pleno peso de la ley y una larga pena de prisión.
Al mismo tiempo, el equipo de hackers que Austin había movilizado demostró estar más que a la altura de la tarea. En menos de medio día, habían logrado acceder a todos los servidores en la nube en el extranjero que Milly había preparado. Todas las fotos y vídeos capaces de destruir la vida de Allard fueron borrados por completo, sin dejar el más mínimo rastro.
Solo entonces se disipó por fin la pesada carga que oprimía el corazón de Allard.
Una vez pasada la tormenta, la vida volvió poco a poco a su ritmo habitual y tranquilo.
La fecha prevista para el parto de Brinley se acercaba día a día, cerniéndose sobre la casa como una silenciosa cuenta atrás.
Una tarde, estaba recostada contra el cabecero, con un libro sueltamente entre las manos, cuando un dolor repentino y agudo le oprimió el abdomen sin previo aviso. Sus dedos se aflojaron y el libro se le resbaló de las manos, golpeando suavemente el suelo mientras su rostro palidecía por segundos.
—¡Austin! —Su grito resonó por toda la habitación.
Austin salió disparado del baño antes incluso de haberse secado del todo, con una toalla atada a la cintura y el pelo aún húmedo. El pánico se reflejó en su rostro mientras cruzaba la habitación en dos zancadas. —¿Qué pasa? —Su voz sonó aguda por el miedo—. ¿Ha llegado el momento?
Brinley no podía articular palabra. El dolor la invadía en oleadas implacables. Lo único que pudo hacer fue agarrarle la mano, asintiendo con cada gramo de fuerza que le quedaba.
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