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Capítulo 868:
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«¡Félix, ¿estás loco?», gritó ella.
Félix no parecía oírla. Colocándose delante de ella, la protegió por completo, giró las muñecas una vez y avanzó con calma hacia el hombre mientras este se esforzaba por volver a ponerse en pie.
«Te lo diré por última vez. Quita tus sucias manos de mi mujer».
El dominio y la posesividad abrumadores de su tono eran facetas de él que Clarice nunca había visto antes. Mientras observaba su ancha espalda, su corazón dio un vuelco por razones que no acababa de explicarse.
«¡¿Quién demonios te crees que eres?!», rugió el hombre, limpiándose la sangre de la cara.
«¡¿Crees que puedes pegarme así sin más?!»
Consumido por la rabia, se abalanzó sobre Félix. El resultado nunca estuvo en duda. ¿Cómo iba un playboy mimado —con el cuerpo ya vaciado por noches de excesos y placeres— a plantarle cara a un piloto de carreras profesional forjado por un entrenamiento físico implacable? Félix ni siquiera llegó a sudar. En cuestión de segundos, el hombre quedó inconsciente, tirado en el suelo, magullado y destrozado, incapaz siquiera de arrastrarse para escapar.
Félix lo miró con frialdad, la hostilidad oscureciendo sus ojos mientras el hombre gemía de dolor.
Clarice observaba desde detrás de él, con los ojos brillando con una luz extraña y desconocida. De repente se dio cuenta: su joven novio resultaba peligrosamente atractivo cuando se ponía celoso.
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El drama concluyó con Félix siendo escoltado a la comisaría para lo que llamaban «una pequeña charla».
Clarice llegó en su llamativo Ferrari rojo, lo recogió en la entrada y se alejó con suavidad de la comisaría. Una tensión silenciosa flotaba en el aire dentro del coche.
Félix estaba sentado en el asiento del copiloto, con la cabeza gacha, callado y abatido como un niño pillado haciendo travesuras. Al ver su expresión avergonzada, Clarice ya no pudo contenerse: una suave risita se escapó de sus labios.
—Muy impresionante, señor Shaw —bromeó ella, acercando una mano para pellizcarle suavemente la mejilla—.
—Tu talento se está agudizando, ¿verdad? ¿De verdad has provocado una pelea… todo por mí?
Las mejillas de Félix se sonrojaron de un escarlata intenso. Abrió la boca, balbuceó unas sílabas, pero no le salieron las palabras adecuadas. Su vergüenza pura, casi infantil, derritió algo dentro de Clarice.
Aparcó el coche a un lado de la carretera, se desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó hacia él.
«Pero me encanta», murmuró, con su aliento cálido sobre la piel de él mientras le depositaba un tierno beso en los labios.
«Me encanta ver cómo te invade los celos… verte perder todo el control por mi culpa».
En ese instante, la mente de Félix se vació por completo. Mientras contemplaba aquel rostro cautivador y audazmente bello a apenas unos centímetros del suyo, una oleada de calor le recorrió las venas. Incapaz ya de contenerse, deslizó la mano hasta la nuca de ella y la atrajo hacia un beso más profundo y apasionado.
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