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Capítulo 669:
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Austin estaba convencido de que Brinley había vuelto con Allard, y su furia amenazaba con consumir toda su razón. Estaba a punto de estallar cuando la voz de Miguel atravesó la tormenta en su cabeza.
«Brinley está en la montaña con el Club TurboVortex, en la pista abandonada a las afueras de la ciudad. Ya está superando los 320 km/h».
¿320 km/h en carreteras sinuosas donde el peligro acechaba en cada curva?
Se había vuelto loca. ¿Acaso se creía invencible?
«Está jugando a la ruleta rusa con su vida», espetó Austin, colgando el teléfono.
Cogió las llaves del coche del escritorio y salió disparado de la oficina como un poseso.
Conocía esa carretera de montaña como una vieja cicatriz: en su día fue la joya de la corona y el campo de batalla de las carreras clandestinas.
Las curvas cerradas, los desniveles pronunciados y los acantilados escarpados la hacían traicionera. Un solo error podía ser fatal.
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También sabía que Brinley, a pesar de su excepcional habilidad, llevaba un caos emocional en su interior.
Una conductora inestable en una carretera despiadada era como una granada activa con la anilla quitada. Tenía que llegar hasta ella antes de que fuera demasiado tarde.
Bajo un manto de estrellas, la sinuosa carretera de montaña se convirtió en el santuario de Brinley mientras llevaba su deportivo a velocidades extremas.
El peso asfixiante sobre su pecho se aliviaba poco a poco con cada kilómetro a esa peligrosa velocidad.
Los pilotos del Club TurboVortex lo dieron todo para seguirle el ritmo, pero rápidamente se quedaron atrás.
Solo podían mirar con asombro cómo el coche de Brinley trazaba curvas peligrosas con precisión quirúrgica antes de desaparecer en la oscuridad que se extendía ante ellos.
«¡Brinley está en otro nivel!»
«Es una leyenda por algo. Tenemos suerte de poder ver siquiera sus luces traseras».
El equipo se comunicaba a través de radios que crepitaban, con voces llenas de reverencia.
Brinley se perdió en la embriagadora adrenalina que había echado de menos… hasta que una pequeña mancha negra creció rápidamente en su espejo retrovisor.
Apareció un deportivo negro como la noche, devorando la carretera a una velocidad impactante, acortando la distancia entre ellos como un depredador.
Brinley frunció el ceño.
Los miembros del club estaban muy atrás. ¿De dónde había salido ese fantasma?
Y ese conductor tenía unas habilidades a la altura de las suyas: una mezcla de control calculado y agresividad descarnada.
Sin previo aviso, el coche negro se lanzó hacia delante, intentando tomar el carril exterior.
Las pupilas de Brinley se estrecharon. El puro instinto la hizo girar bruscamente el volante, bloqueando la maniobra del rival con férrea determinación.
Los dos vehículos se enzarzaron en una danza mortal, corriendo uno al lado del otro por la estrecha carretera.
Brinley pisó a fondo el acelerador, desesperada por deshacerse de su sombra indeseada.
Pero por mucho que zigzagueara o acelerara, el coche negro se mantenía pegado a ella, sin darle ni un respiro.
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