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Capítulo 610:
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En aquel frío intercambio, Austin apartó la mirada de Milly, con una actitud gélida.
Aunque su sonrisa vaciló ligeramente, Milly se recompuso y tomó asiento cerca de allí.
Entendía que la frialdad de Austin se debía a su inquebrantable devoción por Brinley, pero seguía convencida de que su ingenio y su encanto acabarían por conquistarlo.
Mientras Milly se acomodaba, Clarice se inclinó hacia Austin. «¿Por qué está ella aquí?», murmuró.
«Uno de los organizadores del evento es su primo», respondió Austin con calma. «Su primo, Hayden Russell, compite hoy».
«Oh…», Clarice asintió con aire de complicidad y luego soltó una risita burlona. «Apoyarse en los contactos familiares no es precisamente sinónimo de influencia, ¿verdad? Por cierto, he oído algunos rumores de que Colin Palmer está hecho un desastre; se dice que tú tienes algo que ver con eso».
La expresión de Austin permaneció impasible. «Se metió con mi mujer. Mostré moderación al no destruirlo por completo». Su tono era firme, pero con un trasfondo despiadado.
A Clarice no le sorprendían sus métodos; para ella, esa era simplemente la forma de actuar de la familia Moore.
¿De qué otra forma el nombre de Austin Moore infundiría tanto temor en la alta sociedad de Bleron? ¿Por qué otra razón su familia inspiraría tanto respeto?
Mientras hablaban, la enorme pantalla del circuito proyectaba un vídeo previo a la carrera lleno de energía, que enloqueció a la multitud.
En medio de esa atmósfera electrizante, una figura que tenía al mundo del automovilismo en vilo apareció al borde de la pista.
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Vestida con un ajustado mono de carreras negro, con un llamativo emblema de una rosa en el casco que le ocultaba el rostro, ignoró los estruendosos aplausos.
Con pasos decididos y seguros, se dirigió hacia su coche de carreras de élite, dominando la escena.
Las gradas estallaron. Todas las miradas se fijaron en ella mientras los aficionados enloquecían ante el regreso de una leyenda de las carreras.
«¡Rosara! ¡Rosara!»
«¡Es ella! ¡De verdad es Rosara!»
En boxes, Toby y Galen divisaron la silueta familiar. Sus ojos se llenaron de emoción antes de volver a centrarse rápidamente, con la determinación más afilada. Su campeona había llegado.
El regreso de Rosara ya era una bomba, pero el siguiente anuncio por megafonía dejó al público aún más atónito.
La voz del organizador retumbó. «La legendaria Rosara correrá en sustitución del piloto lesionado del TurboVortex Club, Felix Shaw. Todos los puntos y honores que consiga irán a parar al Club TurboVortex».
La noticia detonó como un trueno.
En la zona de descanso de su equipo, Black Rose levantó la cabeza de golpe, mientras las conversaciones de sus compañeras se desvanecían en el fondo.
Su mirada se fijó en la gigantesca pantalla gigante donde apareció la figura vestida de negro y, en ese instante, los recuerdos de las carreras contra Brinley inundaron su mente.
Siempre había percibido algo familiar en la técnica de Brinley: cada curva, cada cambio calculado, reflejaba a su ídolo, Rosara.
La forma en que Brinley leía la pista, su ritmo, su precisión… siempre había llevado la inconfundible firma de Rosara.
Había sospechado que existía una conexión oculta entre ambas, y ahora todo cobraba sentido.
Brinley había hecho lo impensable: había convencido a la legendaria Rosara, que había desaparecido de la escena de las carreras hacía años, para que ocupara el lugar de su hermano en la pista.
¿Hasta dónde llegaba la influencia de esta mujer?
Los pilotos que se habían burlado de TurboVortex unos minutos antes ahora estaban paralizados, con sus sonrisas de suficiencia borradas de sus rostros. El miedo se apoderó de sus rostros, y las risas de antes se les atragantaron en la garganta.
El piloto bocazas del traje azul, que había sido el primero en burlarse de ellos, ahora parecía a punto de desaparecer, con el arrepentimiento grabado en cada arruga de su rostro.
Con la propia Rosara sustituyendo a TurboVortex, todos sabían que el resultado estaba sentenciado incluso antes de que comenzara la carrera. Su bravuconería se había convertido en un silencio amargo, y sus burlas, en un espectacular tiro por la culata.
Se dio la señal y el rugido de los motores rompió la tensión.
En una fracción de segundo, todos los coches salieron disparados como flechas de un arco, con los motores rugiendo mientras los pilotos luchaban por la posición.
Pero la realidad golpeó rápido y sin piedad.
El coche negro se lanzó hacia delante como un rayo, surcando la pista con una precisión sobrehumana. Esto no era una carrera, era una demostración de dominio.
Brinley, ahora al volante y bajo el nombre de Rosara, no se contuvo.
Siempre había corrido con moderación, cuidando de no revelar el estilo legendario que la delataría.
Pero esta vez, no se escondía. Era Rosara: la leyenda del circuito de carreras, la que una vez había dominado todos los campeonatos. Sin disfraces. Sin vacilaciones. Sin límites.
Cada curva que tomaba era una lección magistral.
En la horquilla más peligrosa del circuito, su coche ejecutó un derrape impresionante, manteniendo un nivel de estabilidad que desafiaba la lógica. Los neumáticos rozaron la barrera de seguridad, lanzando una lluvia de chispas al aire mientras trazaba la curva con precisión quirúrgica, completando un giro en ángulo recto impecable que dejó al público en un silencio atónito.
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