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Capítulo 494:
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Su cuerpo respondió antes de que su mente pudiera reaccionar, inclinando la cabeza instintivamente para facilitarle el acceso. El alcohol embotaba su pensamiento racional, pero amplificaba cada sensación física hasta alturas extraordinarias.
Este hombre tenía un talento genuino. La forma en que la besaba era impecable, absolutamente perfecta.
«Mmm…» Un sonido suave y entrecortado se le escapó de la garganta, sensual e irreflexivo.
Su respuesta encendió algo primitivo en Austin.
Ya no contento con las caricias suaves, profundizó el beso, reclamando su boca por completo.
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Brinley se derritió bajo él, sus pensamientos dispersándose en la nada.
Pareció pasar una eternidad antes de que él finalmente la soltara, apartándose mientras ella jadeaba desesperadamente en busca de aire.
Ella miró fijamente su rostro llamativo y se rió tontamente. «Eres… extraordinariamente talentoso en esto… Debes cobrar una fortuna, ¿verdad?».
Austin se quedó completamente inmóvil.
Se tragó la risa que amenazaba con escapársele. Pellizcándole la barbilla entre los dedos, obligó a su mirada desenfocada a encontrarse con la suya.
—Sí —murmuró—. Me llevará toda una vida de pagos saldar la deuda.
Antes de que ella pudiera balbucear otra palabra, su boca volvió a encontrar la de ella, esta vez feroz e indómita, robándole el aire de los pulmones.
La noche se hizo más profunda, el aire denso de calidez y calor sofocante.
El último atisbo de cordura de Brinley se desvaneció mientras su cuerpo se movía al ritmo del suyo. A través de la neblina de sensaciones, un pensamiento fugaz destelló: la resistencia del acompañante era verdaderamente increíble.
Horas más tarde, la pasión finalmente llegó a su fin.
Brinley yacía tendida, completamente agotada, apenas capaz de mover un dedo. Sus ojos entrecerrados encontraron a Austin, y su voz se convirtió en un murmullo perezoso.
«Mmm… una actuación sólida. Eres casi tan hábil como mi marido…»
Austin se quedó quieto, atrapado en algún punto entre la diversión y una leve exasperación. Se inclinó y rozó sus dientes contra el hombro de ella en un mordisco burlón que dejó una leve marca.
Su susurro, bajo y pecaminosamente suave, se enroscó en su oído.
«Entonces supongo que mi trabajo no ha terminado si solo estás casi satisfecha».
Su cálido aliento le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda.
«Parece que tengo que demostrar, de una vez por todas, quién destaca realmente esta noche: yo o ese misterioso marido tuyo».
Con eso, comenzó otra ronda, más feroz y más apasionada que cualquier otra anterior.
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