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Capítulo 315:
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El viento aullaba por la sinuosa pista de montaña, llevando consigo el rugido salvaje de los motores. Félix acababa de estabilizar el volante cuando un destello de rojo ardiente se reflejó en su espejo retrovisor.
Era el coche de carreras n.º 15.
Lo había acechado desde la línea de salida, siempre acechando lo suficientemente lejos como para mantenerse fuera de su alcance, pero lo suficientemente cerca como para mantenerlo en vilo. Ahora, sin previo aviso, se abalanzó hacia delante, con el morro a punto de rozar su parachoques trasero.
Una descarga de adrenalina atravesó el pecho de Félix. Sus dedos se apretaron alrededor del volante, blanqueándole los nudillos.
Normalmente, habría pisado a fondo el acelerador para escapar de la amenaza, pero las palabras de Brinley resonaban en su mente: «No dejes que tus rivales marquen tu ritmo».
Exhalando lentamente, mantuvo la velocidad, negándose a retroceder. Pequeños y precisos ajustes en su trayectoria lo mantuvieron alejado del punto ciego de las ruedas traseras, mientras su atención se centraba en la franja de asfalto que tenía delante.
Pero la paciencia no era lo que el piloto del n.º 15 tenía en mente.
𝗟𝖺ѕ 𝘁𝘦𝘯d𝘦𝗇𝘤𝘪𝖺s 𝘲𝗎𝖾 𝘵о𝗱оѕ 𝘭𝗲𝖾ո 𝗲𝘯 no𝘃𝗲𝗹𝖺ѕ𝟰𝗳a𝘯.𝖼𝗼𝗆
Al ver que Félix se negaba a morder el anzuelo, el coche rojo viró a la izquierda en una feroz finta, inclinando bruscamente la carrocería hacia su carril.
El espacio entre ellos se desvaneció —ahora era menos de medio metro— y el chirrido del caucho desgarrándose contra el asfalto rasgó el aire de la montaña.
Los reflejos de Félix se activaron. Tocó ligeramente los frenos y giró el volante hacia la derecha, con su coche rozando peligrosamente la barrera de seguridad.
Una lluvia de grava brotó bajo sus neumáticos traseros, golpeando la barrera metálica como una lluvia de balas.
En la zona VIP, Brinley se irguió de un salto, clavando los dedos en la barandilla hasta que se le pusieron blancos los nudillos. «¡¿Se ha vuelto loco ese piloto?!». Su mirada se clavó en el monitor que seguía al coche rojo, con la furia ardiendo detrás de sus ojos.
Aquello no era un adelantamiento: era un auténtico ataque.
En todos sus años al volante, había visto carreras despiadadas, pero nunca una malicia tan descarada. Aquella imagen le retorció algo en lo más profundo del pecho, agudo y sofocante.
La mano de Austin se posó en su hombro, estabilizando su cuerpo tembloroso, mientras su pulgar trazaba lentos círculos en su espalda para calmarla. Sin embargo, la tensión que emanaba de él era gélida. Sus ojos se clavaron en el coche escarlata con una ferocidad glacial, con los puños cerrados a los costados. Su respiración seguía siendo pesada pero controlada, el silencio a su alrededor crepitaba como una tormenta.
Conocía esa oscuridad demasiado bien. El piloto no buscaba la victoria: quería quebrantar a Félix, sacarlo de la pista… quizá incluso algo peor.
Y el caos no hacía más que empeorar.
El coche rojo no se echó atrás tras el primer ataque fallido. Si acaso, redobló la apuesta, cada maniobra más despiadada que la anterior.
Para cuando la séptima vuelta se adentró en su serie de curvas, Félix estaba trazando la línea de manual de Brinley —por fuera, por dentro, por fuera— a lo largo de la curva, con la trayectoria de cada neumático grabada a la perfección. Pero entonces llegó otra maniobra despiadada: el coche rojo se lanzó desde el interior, con su parte delantera dirigiéndose directamente hacia la rueda izquierda de Félix.
Félix reaccionó por instinto, levantando el pie del acelerador y contravolanteando en un solo movimiento fluido.
Su coche trazó un arco fino como una navaja sobre el asfalto, deslizándose junto a la parte trasera del bólido rojo por un pelo.
El agresor no tuvo tanta suerte. Desequilibrado, derrapó hacia la barrera de seguridad, lo que obligó al piloto a pisar el freno a fondo y recuperar el control poco a poco.
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