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Capítulo 245:
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La verdad era que ella no quería realmente que se marchara.
Sin embargo, su presencia la abrumaba: su aroma envolviéndola, el calor que irradiaba su piel, la intensidad de su mirada que ella podía ver tan claramente en el espejo. Todo ello le hacía dar un vuelco al corazón.
«Entonces date prisa», susurró ella, enderezándose, sin oponer ya resistencia.
Austin soltó una risita ahogada, divertido, y volvió a coger el secador. Sus dedos se deslizaron entre sus mechones húmedos, separándolos y alisándolos con cuidado.
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Cuando el secador por fin dejó de hacer ruido, lo dejó a un lado, pero sus manos no la abandonaron. En cambio, sus dedos siguieron deslizándose por su cabello, demorándose como si se resistieran a soltarla.
De vez en cuando, le rozaba la oreja, y cada ligero roce le provocaba un escalofrío involuntario que le recorría la espalda.
—Ya está —murmuró, con el aliento rozándole la coronilla.
Brinley entreabrió los labios para darle las gracias, pero antes de que pudiera hablar, él se inclinó hacia ella. Sus miradas se cruzaron en el espejo, la de él intensa.
—Brinley.
—¿Qué pasa? —preguntó ella en voz baja, levantando la vista.
La emoción en sus ojos era tan cruda, tan tierna, que se le oprimió el pecho.
Su mano descendió, y los dedos le rozaron el lado de la cara. Su nuez de Adán se movió mientras hablaba, con voz grave y áspera.
—Antes, en el baño, cuando…
—¡Basta! —lo interrumpió Brinley, con las mejillas encendidas. Su mente la traicionó al instante, inundándose de recuerdos de aquel momento: imágenes tan vívidas que no podía pensar en otra cosa.
Los labios de Austin se curvaron en una pequeña sonrisa cómplice, y se le escapó una suave risa. Extendió la mano y le pellizcó la mejilla con suavidad. —Estás avergonzada.
—¡No lo estoy! —espetó ella, apartando la mirada—. Solo… vuelve ya a tu habitación. Es tarde.
—En realidad no quieres que me vaya, ¿verdad? —La voz de Austin era burlona. Sus dedos se deslizaron bajo su barbilla, levantándole la cara hasta que se vio obligada a mirarle a los ojos—. La verdad es que… no quiero irme.
Sus ojos eran sinceros, llenos de calidez y de un anhelo contenido que hacía que su corazón latiera con fuerza.
Ella abrió la boca para responder, pero no le salían las palabras.
Su silencio solo pareció divertir a Austin.
Le soltó la barbilla y se enderezó hasta alcanzar toda su altura. «Está bien, entonces. Dejaré de burlarme de ti».
Austin se giró hacia la puerta, pero se detuvo en el umbral. Mirándola de reojo, dijo en voz baja: «Acuéstate temprano. Buenas noches».
«Buenas noches», respondió Brinley en voz baja, con la mirada siguiéndole hasta que su figura desapareció tras la puerta.
Solo entonces dejó escapar un largo suspiro, hundiéndose en la silla mientras se llevaba las manos a las mejillas ardientes.
La puerta se cerró con un suave clic, dejando el dormitorio envuelto en silencio una vez más.
Brinley se tumbó en la cama, pero el sueño no llegaba.
Austin no se le iba de la cabeza: su cálida sonrisa, esos ojos suaves y cautivadores, su porte tan gentil.
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