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Capítulo 905:
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Shane, que había tragado una dosis mayor del veneno, se desvanecía más rápido: vomitando sangre hasta que perdió el conocimiento por completo.
Lindy extendió la mano y le acarició el rostro. Alguna vez lo había amado más que a su propia vida, pero ahora lo odiaba con todo su ser.
“Jayson, deja de luchar. Te mandaré directo al infierno a reunirte con tu padre.” Lindy levantó una daga, acercándose a Jayson con intención asesina.
De algún modo, había reemplazado a cada uno de los guardias de la casa sin que nadie lo notara.
La hoja se cernió sobre el pecho de Jayson, a segundos de atravesarlo, cuando Larry llegó y le propinó a Lindy una fuerte patada en el costado.
Ella se desplomó al suelo y la daga salió volando de su mano, deslizándose por los azulejos.
“Las pastillas están aquí.” Larry se arrodilló junto a Jayson, con un frasco pequeño apretado en la palma.
“Dame tres pastillas. Y dale cinco a mi padre.”
Sin perder un segundo, Larry abrió el frasco, sacudió tres píldoras café oscuro y las metió en la boca de Jayson.
Luego corrió hacia Shane, haciendo lo mismo con él.
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Solo cuando ambos fueron atendidos se desplomó, agotado y temblando.
Su gente irrumpió, armada, rodeando a Lindy al instante.
“No importa. De todas formas van a morir. Ningún antídoto puede salvarlos ahora.”
Lindy había comprado el veneno más letal que el mercado negro tenía para ofrecer. No había vuelta atrás de eso. Sus órganos ya estaban fallando.
Estaban acabados.
Lindy rio histéricamente. “Curt, vamos a verte. ¡Pronto estaremos todos contigo!”
Arrebatándole un arma a uno de los guardias aturdidos, jaló el gatillo y se disparó en la sien.
El disparo resonó como un toque de difuntos. Lindy cayó duro al suelo, los ojos abiertos de par en par, congelados para siempre en su locura.
Nadie le dirigió una segunda mirada. Larry se apresuró a llevar a los dos hombres envenenados al Hospital Aelham, coordinando frenéticamente con los médicos en el camino. Shane, desafortunadamente, había absorbido demasiada toxina. Sus órganos se habían deteriorado más allá de cualquier reparación. Ni con el mejor equipo médico pudo ser salvado.
Jayson había tomado el antídoto a tiempo. El daño interno era grave, pero con cirugía y cuidados, logró recuperarse.
Tendido en una cama de hospital estéril, Jayson sentía como si lo hubieran aplastado bajo una montaña.
Se llevó una mano al pecho adolorido. Su padre se había ido.
Aunque siempre había dicho que lo odiaba, esa noticia le perforó el corazón.
Miró el techo con los ojos abiertos, mientras los recuerdos de su padre inundaban su mente.
Resentía a su padre, pero también lo amaba.
Tomó su teléfono y marcó el número de Madison. Sonó varias veces antes de que ella contestara.
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