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Capítulo 898:
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A la mañana siguiente, cuando Allison bajó las escaleras y volvió a encontrarse con Ella, la recibieron sonrisas arrogantes y miradas condescendientes.
Era evidente que Ella había tramado algo a sus espaldas.
De lo contrario, no la estaría mirando así.
Fuera lo que fuera, Ella no se atrevería a decírselo de frente.
No valía la pena gastar energía en eso.
Durante el desayuno, aprovechó un momento tranquilo para observar a Lauryn.
Con Margaret ahora hospitalizada, Zane apenas tenía tiempo de vigilar a Lauryn, lo que le dejaba bastante libertad para verse con su amante.
Su piel resplandecía y su sonrisa era engreída: señales claras de que lo estaba pasando muy bien con Colden.
Era hora de que comenzara el acto final.
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Allison desvió la mirada de Lauryn disimuladamente. En cuanto a Ella, no era más que una peón sin cerebro.
No tardaría mucho en descubrir lo que Ella había estado maquinando.
Después del desayuno, Allison se fue al hospital con Madison.
En la sala de la familia Clarke, Ella le mostró su teléfono a Lauryn. “Mamá, ¿crees que Grayson va a romper el compromiso con Allison?”
“Ni de chiste. Esa supuesta evidencia no prueba nada.” Recostada en el sofá, Lauryn hizo un gesto desdeñoso. “Ella, deja de obsesionarte con Allison y empieza a enfocarte en ti misma. Ella está perfectamente bien, pero mírarte a ti. ¿Piensas quedarte encerrada en esta casa para siempre?”
“No. Quiero casarme con alguien rico, vivir la vida fácil y dejar a Allison en el polvo”, dijo Ella con un brillo en los ojos.
“Así se habla. Competir con ella es inútil; el dinero es el único poder real.” Lauryn le dio un orgulloso palmoteo en el hombro. “Eres mi hija más lista. Solo quiero verte vivir bien.”
Con plena seguridad en sí misma, Ella subió las escaleras. Mientras tanto, Lauryn sacó su teléfono. Colden la estaba invitando a salir otra vez.
Al recordar los últimos días, sintió que las mejillas se le encendían como una adolescente. Colden había estado muy atento últimamente, dándole un sabor de libertad y dicha que no había sentido en años.
Pasaron unos días, y el tratamiento de Margaret comenzó. La quimioterapia era brutal.
Su cuerpo se debilitó rápidamente, el peso desapareciendo de su frágil figura.
Cada vez que Allison la visitaba, el corazón se le retorcía de dolor.
Pero con un cáncer en etapa avanzada, los médicos le daban un pronóstico sombrío: de tres a seis meses como máximo. La mayoría no llegaba ni a eso.
“Oigan, todavía no me he muerto. Dejen de llorar”, dijo Margaret, secando las lágrimas de Madison mientras hablaba con ella y con Allison.
Allison se negó a mostrar su tristeza, terca como siempre. “No estoy llorando, Abuela. Vas a ponerte mejor. No me voy a permitir llorar.”
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