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Capítulo 831:
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Había llegado temprano para visitar a Margaret, sabiendo que Allison vendría directamente aquí una vez que regresara.
Margaret se mantuvo concentrada en su comida, ignorando a Allison. «¿No te dije que no quería verla?», le preguntó a Wanda.
Wanda trajo un juego de cubiertos nuevos. «Ha entrado por la fuerza».
Luego se retiró, dejando a Margaret en silencio.
Allison, que tenía un poco de hambre, se sentó sin decir nada y empezó a comer. Sabía que necesitaría energía para la conversación que se avecinaba.
Los tres comieron en silencio, cada uno concentrado en su plato.
Cuando terminó el desayuno, Allison le hizo un sutil gesto con la cabeza a Madison.
«Margaret, ahora que hemos comido, salgamos fuera a disfrutar del aire fresco y del sol», sugirió Madison. Entendió perfectamente la señal de Allison. Sin perder el ritmo, empujó la silla de ruedas de Margaret hacia el patio.
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La cálida luz del sol las bañaba suavemente a ambas.
Madison se agachó junto a la silla de ruedas. «Margaret, Allison se preocupa mucho por ti. Por favor, no discutas más con ella, ¿de acuerdo?».
Margaret extendió la mano y acarició el cabello de Madison con los dedos. —No pasa nada, no estamos discutiendo. No te preocupes, Madison.
Lo que le pesaba en el corazón no era Allison, sino su propio cuerpo debilitado.
Si aún estuviera sana, Allie no tendría motivos para discutir con ella.
Al recordar la conversación que había tenido con Zane la noche anterior, a Margaret se le empañaron los ojos.
Eran más de las nueve.
Margaret, agotada, había terminado su rutina nocturna y estaba a punto de acostarse cuando Wanda le informó de que Zane había venido a visitarla.
Era la primera vez que ponía un pie en la casa. Ni siquiera cuando ella había estado gravemente enferma se había molestado en venir.
Zane estaba de pie en la sala de estar, frío y distante. Cuando oyó acercarse la silla de ruedas, se dio la vuelta.
—¿No quieres ir al hospital?
Margaret, sentada en su silla, bajó la mirada. —No.
Ir al hospital significaba estar sola. Quedarse en casa le hacía sentir que todavía tenía a su familia a su alrededor.
—¿Por qué no ir? Puedo pagar las facturas del hospital. » Zane frunció el ceño, con los ojos vacíos de calidez. Se suponía que su tono debía mostrar preocupación, pero no transmitía ni una pizca de emoción.
Margaret mantuvo la voz firme. «Zane, ¿qué es lo que realmente quieres decir?».
Cuando la encerraron en esta casa por su demencia, a él no le importó. Ahora que estaba terminalmente enferma, apareció con un débil intento de mostrar preocupación.
Era ridículo.
«Mamá, no quiero que la gente diga que dejé morir a mi madre. Ve al hospital, aunque solo sea por mí».
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