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Capítulo 783:
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Kaylyn permaneció de pie con la cabeza gacha, negándose a pronunciar una sola palabra, con toda su presencia impregnada de una resistencia silenciosa.
Pamela, que había estado observando en silencio desde un lado, intervino: «Para que lo sepas, el Grupo Evans ahora está bajo el liderazgo de mi marido».
«¿Qué?», exclamó Kaylyn, levantando la cabeza y abriendo mucho los ojos.
¿Derek, después de dirigir el Grupo Evans durante años, había sido descartado solo porque había perdido la vista? ¿Por qué la estaba alejando precisamente ahora? Aunque el niño no fuera realmente suyo, su amor por él había sido sincero. Ella se habría quedado a su lado.
Brixton miró inmediatamente a Glenn en busca de confirmación y se quedó atónito al descubrir que era cierto.
Kaylyn murmuró: «¿Cómo puede ser?».
Sin su control sobre el Grupo Evans, Derek no era más que un hombre corriente, uno que ahora estaba ciego. ¿Había valido la pena todo lo que había hecho por él?
Sin perder tiempo, Brixton ignoró a Derek y comenzó a halagar a Michael, plenamente consciente de a quién debía seguir ahora.
Disfrutando de los elogios, Michael se jactó: «En realidad, tu empresa no está mal. Incluso pensé en ella como posible socio. Quiero decir, casi nos convertimos en familia, ¿no?».
Ni él ni Brixton le prestaron la más mínima atención a Derek, restándole importancia a todo lo que había hecho.
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Kaylyn, aún reacia a rendirse, se aferró a la mínima esperanza de que aún pudiera ganarse el perdón de Derek.
Pero al final, todo lo que obtuvo fue una sola frase: «No eres digna».
Todo lo que Kaylyn había hecho solo le había llenado de repugnancia.
Mientras tanto, Brixton ya había conseguido una promesa de Michael: le darían un proyecto importante y enviarían a alguien de la empresa en unos días para firmar el acuerdo.
Aunque el matrimonio no pudiera llevarse a cabo, al menos la empresa obtendría una valiosa asociación.
Justo cuando los dos hombres estaban a punto de darse la mano, llenos de elogios mutuos y autosatisfacción, Derek soltó una risa fría y aguda. El sonido resonó claramente en la sala de estar.
Michael frunció el ceño. «¿Qué te hace tanta gracia, Derek?».
Derek se recostó contra el sofá, completamente relajado. «Me río de alguien que sonríe de oreja a oreja mientras está al borde de la ruina».
Michael no tenía absolutamente ningún sentido del peligro, y Derek se preguntaba sinceramente si la empresa podría sobrevivir siquiera seis meses más bajo su liderazgo.
Brixton, pensando que Derek se refería a él, se retorció las manos con ansiedad, con los dedos temblando si se miraba de cerca. «Derek, no sé qué pasó entre tú y Kaylyn, pero no tiene nada que ver con la familia Stevens. Déjanos ir».
«Kaylyn, ¿ya estás satisfecha?». Derek seguía sonriendo, pero su tono se había vuelto gélido e implacable.
Al oír la pregunta de Derek, Kaylyn, perdida en sus propios pensamientos, recuperó la compostura y lo miró.
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