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Capítulo 695:
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En el castillo, Allison se despertó con la mente despejada y descansada, sabiendo que Derek tenía algo para comer y beber. Eso le tranquilizó un poco. Su siguiente paso era encontrar una oportunidad para negociar un acuerdo con Sam.
Después del desayuno, le extrajo una muestra de sangre a Sam y se encerró en el laboratorio.
El veneno que fluía por el organismo de Sam era extraño; claramente se lo habían inyectado cuando era joven y había permanecido latente, acechando en su cuerpo durante años antes de estallar violentamente.
Una vez activado, agotaba las fuerzas del cuerpo hasta que este colapsaba, provocando una muerte lenta y agonizante.
Si no hubiera tratado tantos casos extraños en el pasado, podría haberlo pasado por alto por completo.
Utilizando su sangre como referencia, comenzó a formular minuciosamente una cura. Cada veneno tenía su antídoto, solo tenía que encontrarlo. Trabajó lenta y metódicamente, con una concentración absoluta.
Antes de darse cuenta, el día había pasado y salió del laboratorio esa noche para visitar a Ainslie en la planta superior del castillo.
En cuanto Ainslie la vio, se inclinó hacia delante y la abrazó.
—No te vayas. Quédate aquí conmigo, ¿vale? —Su voz era suave y suplicante, y sus ojos, muy abiertos, brillaban con vulnerabilidad.
—Ainslie, sé buena. Me quedaré contigo —murmuró Allison, acariciándole suavemente la mejilla con la mano. Comenzó el tratamiento de la noche.
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Sacó un reloj de bolsillo y lo utilizó para guiar a Ainslie hacia un trance hipnótico. Al principio todo fue bien, hasta que los recuerdos se remontaron a los veintitrés años. El dolor se reflejó en el rostro de Ainslie.
Allison suavizó inmediatamente su voz, susurrando con delicadeza hasta que las cejas fruncidas de Ainslie se relajaron y ella se sumió en el sueño.
Parecía que la raíz de su amnesia se había afianzado a los veintitrés años. Allison extendió la mano y le dio una suave palmadita en la cabeza. —Si la verdad duele tanto, quizá sea mejor que nunca la recuerdes.
Solo había ayudado a Ainslie a recuperarse lo suficiente como para volver a funcionar con normalidad. Aún no sabía si sería permanente.
—Dulces sueños. —Allison apagó las luces y salió silenciosamente de la habitación.
Poco después de que la puerta se cerrara, Ainslie abrió los ojos. Estaban rojos. Lágrimas silenciosas resbalaban por sus mejillas y desaparecían entre su cabello.
«Pero lo recuerdo todo: el dolor y la desesperación».
Sam apenas podía asimilar la noticia que acababa de escuchar. Cogió su teléfono, marcó el número de Nicky y los dos se apresuraron a subir a la última planta, con una emoción casi palpable.
«Nicky, han pasado tres años. Ainslie quiere verme. ¿Crees que por fin se acuerda de quién soy?».
Sintiendo una punzada de celos, Nicky murmuró: «Venga ya, debería haberse acordado primero de mí. Soy su hermano mayor, por el amor de Dios».
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