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Capítulo 171:
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Sin pestañear, levantó la mirada hacia el trozo de suelo bañado por la luz de la luna. Como era de esperar: dos ratas y unas cuantas cucarachas. A Ella le encantaban este tipo de cosas; sus crueles juegos no habían cambiado en años. Con un rápido movimiento, Allison se quitó la zapatilla y mató a las cucarachas sin dudarlo.
No utilizó la zapatilla con las ratas. En su lugar, levantó el pie y lo bajó con una fuerza brutal. Cuando levantó el pie, la imagen era espantosa: el cráneo aplastado y un charco rojo extendiéndose por la piedra.
Sin gritos. Sin vacilar. Solo una ejecución tranquila y silenciosa, como si estuviera quitando el polvo.
Desde fuera, Ella esperó un grito. Cuando no llegó ninguno, frunció el ceño con fastidio. ¿Allison había dejado de tener miedo?
Recordó cuando Darrion trajo por primera vez a aquella niña temblorosa a la casa, cómo había gritado por una sola cucaracha junto al desagüe. Siempre que Allison la presionaba demasiado, Ella tenía un plan de venganza infalible: enviarle plagas directamente a su habitación.
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El sonido de los gritos de Allison solía alegrarla. Pero esa noche, ese poder se le escapó de las manos: no había miedo, ni lágrimas. Solo silencio. Y eso la enfureció.
¿Cómo se atrevía Allison a levantar la mano y golpearla?
Ella se tocó la mejilla con los dedos y entrecerró los ojos, ardiendo con la promesa de venganza. Se aseguraría de que Allison se arrepintiera de todo.
De vuelta en la sala de castigo, Allison se acurrucó en un rincón limpio, con los brazos alrededor de las rodillas, y poco a poco se quedó dormida. Tenía la mente clara: se iría con Madison, reconstruiría su vida desde cero y recuperaría todo lo que una vez perteneció a su familia. Las sombras que la rodeaban no significaban nada. Sus sueños aún brillaban con luz.
Estarían orgullosos, ¿no? Su madre. Su padre. Tenían que estarlo.
Al día siguiente, Allison se dio cuenta de que se había equivocado. Aunque el sol llevaba horas brillando, el silencio aún se aferraba a la puerta como una amenaza. Lauryn había vuelto a su antigua rutina: sin comida, sin agua.
Había algo mucho más repugnante en eso que en recibir golpes.
Cuando el hambre se había apoderado de ella, su estómago se retorcía como si se estuviera haciendo nudos. Su cuerpo quería vomitar, pero no quedaba nada dentro. El sudor se le pegaba a la piel y no podía dejar de temblar. Cada respiración estaba empapada de miseria.
Ya había sobrevivido a esto antes. Si no hubiera estudiado medicina ni aprendido a proteger su estómago de daños permanentes, probablemente habría acabado como Derek, plagada de úlceras siendo aún joven. Su mirada se desvió hacia el suelo, donde yacían cucarachas y ratas muertas como basura desechada.
Hubo un tiempo en el que ni siquiera se habría atrevido a mirar. Una sola mirada habría sido suficiente para dejarla sin dormir durante días. Pero Ella había cambiado eso.
El miedo ya no tenía tiempo para instalarse: se había visto obligada a construir una coraza antes de que tuviera oportunidad de hacerlo.
Con la garganta seca y los labios agrietados, cerró los ojos y se obligó a tragar saliva, conservando cada gota de humedad que aún le quedaba en el cuerpo. El cerrojo metálico que bloqueaba la puerta desde el exterior era grueso e implacable. Ninguna persona normal podría siquiera soñar con romperlo. Su única opción era esperar a que Lauryn decidiera abrir la puerta.
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