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Capítulo 127:
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Al acercarse el mediodía, la mayoría de las otras mujeres se dirigieron a la parte delantera de la casa para comer, dejando la cocina casi vacía.
«Todavía queda un plato por preparar. ¿Quién se anima?», gritó la mujer.
Adalynn no dijo nada, ni siquiera miró. Sin embargo, Allison dio un paso al frente sin dudarlo. «Yo me encargo».
«Las verduras están todas ahí», dijo la mujer, mientras se alejaba. «Podéis empezar a cocinar cuando me vaya».
Cuando sus pasos se desvanecieron, Adalynn se movió, con aspecto conflictivo.
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Justo cuando Allison estaba a punto de empezar, Adalynn dijo: «¡Espera!».
Se dio la vuelta y se marchó, pero volvió al cabo de unos instantes con algo envuelto en los brazos. «Añade esto al plato».
Adalynn dejó caer las plantas venenosas en las manos de Allison: las verduras tóxicas que habían recogido ayer en la montaña.
«Son venenosas», dijo Allison, con un tono de falsa preocupación.
«No voy a hacerlo. Si alguien cae muerto, no voy a asumir la culpa».
Con los ojos inyectados en sangre, Adalynn replicó: «¿Y si mueren, qué más da? Échalas dentro. Nadie se dará cuenta. Puede que sea nuestra única oportunidad».
Mientras Allison se resistía, Adalynn la empujó con fuerza. «Quítate de en medio. Si tú no lo haces, lo haré yo».
Enjuagó las plantas venenosas, las mezcló con las inofensivas y las echó en la sartén. En cuestión de minutos, el plato estaba listo y se lo sirvieron a los aldeanos.
Desde la puerta de la cocina, Adalynn observó cómo la multitud se lo comía. Los platos traqueteaban, las bocas masticaban y nadie sospechaba nada. Una extraña tensión se dibujó en su rostro: la esperanza se mezclaba con la desesperación. En su cabeza, rogaba al veneno que hiciera su trabajo.
El día anterior, había seguido en silencio, recogiendo las plantas venenosas. Pero entonces no había tenido el valor de cocinarlas.
Sabía muy bien lo que pasaría si su marido acababa muerto: la gente sabría que había sido ella.
Hoy, sin embargo, el momento era perfecto. La cocina había sido solo para ellos. Y todos los aldeanos, excepto los que custodiaban la salida del pueblo, se habían reunido para llorar a los muertos.
Si la suerte seguía de su lado, ese veneno terminaría el trabajo y ella finalmente tendría su oportunidad para huir.
Sus dedos se clavaron en el borde de la puerta, con los brazos temblando.
¿Por qué nadie caía?
«¿Te preguntas por qué aún no ha pasado nada?». Detrás de ella, la voz de Allison llegó, baja y serena.
Adalynn se giró, con los ojos encendidos. «¿Sabes qué está pasando? Se suponía que eran venenosas. ¿Por qué no hacen nada?».
«Efectuarán su acción. Dale un poco más de tiempo», dijo Allison, con los brazos cruzados y una tranquilidad inquietante.
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